Para que quede claro. Como muchos eurodiputados, de poder hacerlo, yo también habría expresado mi indignación, cartel en mano, en el Parlamento de Estrasburgo, por el avance electoral de un sujeto de la catadura de Le Pen. Sí, al igual que cientos de miles de estudiantes, yo también habría salido a las calles de París o de Lyon a protestar contra el ascenso de quien mantiene un discurso, irresponsable y peligroso, que podría precipitar a Francia en la catástrofe. Pues Le Pen, con su nacionalismo xenófobo y racista, está agitando un espantajo con el que resulta fácil remover los temores y obsesiones de tantas buenas gentes asustadas por la velocidad de unos cambios que no están en condiciones de entender en su real envergadura. Si nadie asume seriamente el esfuerzo pedagógico de explicar la complejidad en la que, ya sin posible marcha atrás, estamos abocados a vivir, la demagogia fascista de Le Pen es la forma más perversa de jugar con fuego. Le Pen, es verdad, juega con fuego. Pero de momento, al menos que se sepa, no ha alentado o protegido a nadie que utilice el fuego de las armas para imponer por la violencia criminal su programa reaccionario de pureza étnica, política y lingüística. Es decir, para entendernos: Le Pen es un tipo políticamente repulsivo, pero ni es Arnaldo Otegi, ni Koldo Gorostiaga. Le Pen es un peligro potencial para la democracia y la paz interna en Francia, pero no carga a sus espaldas con la responsabilidad política, jurídica o moral de novecientos asesinatos o de docenas de secuestros. Por eso las manifestaciones anti Le Pen que están teniendo lugar en toda Francia me producen una extraña mezcla de sorpresa, envidia y rabia. ¿Cómo no sorprenderse al contemplar la reacción impresionante que está provocando el avance electoral de quien, si gana, promete acometer políticas racistas y xenófobas? ¿Y cómo no sentir, acto seguido, envidia y rabia, al ver, por contraste, la tranquilidad casi impasible con que en Euskadi se tolera a quienes sosteniendo lo mismo que Le Pen, apoyan la verosimilitud de sus promesas en la larga trayectoria criminal de una banda de asesinos? Digámoslo con toda claridad. Otegi o Gorostiaga son como Le Pen, sólo que con ETA . Le Pen promete expulsar a los judíos y los árabes. Otegi o Gorostiaga son la cara legal de un entramado criminal que ha demostrado que para acabar con los judíos y los árabes de Euskadi ¿los no nacionalistas¿ no es necesario ganar las elecciones. Antes de eso es posible ya ir asesinándolos, secuestrándolos, hostigándolos, irlos forzando a la huida y el exilio hasta que las elecciones sean, de hecho, innecesarias. Por eso, vista la reacción anti Le Pen, uno puede imaginarse cual sería en Francia la reacción anti ETA o anti Herri Batasuna. Y por eso, nuestros vecinos nos están dando en estos días, además de algún quebradero de cabeza, una clase que, aunque no es de lengua, no deja de ser, al fin y al cabo, de francés.