CARLOS G. REIGOSA
29 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.La última película de Pedro Almodóvar, Hable con ella, ocupa primeros puestos por el número de espectadores en España, Francia, Italia, Grecia y otros países de este globalizado mundo, y la crítica la califica sin reparos de obra maestra. Almodóvar se ha hecho un hueco entre los mejores directores y sus obras constituyen un mosaico suficiente para que esta afirmación sea difícilmente rebatible. «Hay mucha más emoción en muchos pasajes de esta película que en toda la quiniela de los Oscar», escribió un crítico italiano. Y a nadie se le ocurre negar la madurez y solvencia alcanzadas por el director manchego. Estaría fuera de lugar venir ahora con estúpidas rebajas. Existe una visión almodovariana de la vida, que se puede compartir o rechazar, pero que es ya una realidad incuestionable del Séptimo Arte. Sin embargo, algunos empezamos a echar en falta la frescura irreverente y desfachatada de sus primeras películas. Hemos pasado de divertirnos a emocionarnos, y podemos acabar por entristecernos. Demasiado sentimiento se hizo carne en la última película. Demasiada profundidad para no hundirnos en la melancolía. Cuidado, Pedro.