XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
28 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Lejos del ideal obrerista que evocan en sus discursos, y con una militancia casi desvaída y en continuo retroceso, los sindicatos que dominan el panorama español constituyen enormes burocracias profesionalizadas, que obtienen gran parte de sus ingresos del erario público, y que están mucho más preocupadas por ganar argumentos para su continuidad que por definir un sindicalismo y unas formas de acción adecuadas al siglo XXI. Por eso la acción sindical reaparece siempre de improviso y sin una lógica determinada, tan proclive a pactar con el Gobierno para domesticar el descontento social y laboral, como a poner en marcha un capítulo más de su revolución -¡siempre pendiente!- en contra del opresor capitalista y financiero. Dadas las nuevas formas de relación entre el trabajo y el empresario, y ante su evidente incapacidad para formular reivindicaciones concretas que sean respaldadas por grupos determinados de trabajadores, las burocracias sindicales de hoy tienden a actuar como si fuesen una rama de la oposición encargada de marcar a los ministros de Economía y de Hacienda, y, en vez de aferrarse a la representación y defensa de intereses laborales concretos y mensurables, tiran por elevación contra la política económica del Gobierno. Por eso presentan su protesta y sus más que evidentes amenazas de huelga como si representasen a toda la sociedad española, y como si estuviesen legitimados en unos comicios con sufragio universal. Si Zapatero les deja hueco, y si el Gobierno les favorece para que mantengan el statu quo, difícilmente podré convencerles yo de que regresen a sus tareas, formulen sus reivindicaciones entre los muy visibles mojones del principio y el fin, y dejen de considerarnos a todos como unas simples piezas de una estrategia que sólo sirve para maximizar su poder. Porque si es evidente que muchos españoles tendemos a comprender -por decirlo bajito- la reforma del sistema de desempleo que presenta el PP, no parece lógico que se habilite un cauce excepcional para que, por vía sindical y con carácter parcial, se refuerce el peso de la oposición política, más allá de lo que los españoles quisieron. Lo que no puede ser es que cada poco tiempo nos caiga encima una huelga general atrabiliaria, de esas que nunca se sabe si tuvo un gran éxito -como dicen sus organizadores- o si fracasó estrepitosamente -como dice el Gobierno-, y que sólo unos meses después queda desmentida por una mayoría de españoles que contradice en las urnas lo que en apariencia quiso decir -¡pero no dijo!- en la huelga general. Lo que ahora se discute afecta a la coherencia de la política social y económica del Gobierno. Y eso no se contradice con un discurso demagógico y repleto de oscuras amenazas.