JENÍN

La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA

27 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Lo peor de lo ocurrido en Jenín es que se veía venir. Todo el mundo sabía, desde que Sharon lanzó sus tropas hacia Ninguna Parte (políticamente hablando), que las venganzas y los enfrentamientos más duros se iban a producir en este campo de refugiados del norte de Cisjordania, cuna de la mayor parte de los mártires-suicidas del terrorismo palestino. No quiero caer en la falacia de comparar lo acaecido en Jenín con lo que la comunidad internacional consintió absurdamente en Srebrenica (Bosnia), porque no se debe ceder a esta tentación falsificadora. Pero ambos sucesos tienen en común algo repudiable: su predecibilidad. Los dos eran crónicas de muertes anunciadas, por más que hoy nos echemos farisaicamente las manos a la cabeza. EE UU y Europa exigen ahora que se aclaren estos trágicos hechos y que haya transparencia en el proceso de investigación. Lo cual es tanto como situarse al margen de todo lo ocurrido. Y esto es lo sorprendente, porque hasta el último mono sabe que no hay ninguna posibilidad de paz entre judíos y palestinos que no pase por una imposición clara de la comunidad internacional. Una vez más nos hemos quedado sin inocentes.