ERNESTO S. POMBO
26 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.El BNG está herido. De consideración. El parte médico es preocupante. En la Asamblea Nacional que celebra este fin de semana va a tratar de restañar las heridas que comenzó a sufrir tras las elecciones autonómicas del pasado octubre y que le han ido infligiendo sus propios dirigentes hasta afrontar el cónclave en un estado de alarmante debilidad y fuerte agitación. Resulta innecesario destacar que la que estos días celebran los nacionalistas es una asamblea decisiva para el futuro de la organización. De las más decisivas desde su constitución hace dos décadas. Tras los debates, controversias, críticas, amenazas y plantes, el BNG va a decidir hacia dónde camina. Pero no sólo en cuestiones de liderazgos. Tiene que dilucidar sus futuros mensajes, su imagen, su programa, sus necesidades de renovación. Tiene que buscar nuevas fórmulas para dar respuesta y confianza a las inquietudes de Galicia. Tiene que resolver hasta sobre sospechas y conductas. Los reproches, las discusiones sobre los repartos de poder, la necesidad de un nuevo líder, y algo tan ridículo como los encuentros gastronómicos entre Beiras y Fraga, han servido para poner de manifiesto que el BNG se halla atrapado en una tupida red de la que sólo podrá librarse tras un debate profundo. Pero, visto lo visto en las últimas semanas, no resulta fácil pensar que exista una predisposición clara para que éste se lleve a cabo. De forma reflexiva y sincera. Para poder salir del estado de coma en que se encuentra inmerso. La importancia del poso que deje esta asamblea está fuera de toda discusión. Como lo está que esta sociedad nada tiene que ver con aquella de 1982. Por eso, quienes en ella participan, han de tener en cuenta no sólo los rendimientos personales. Han de abandonar los falsos consensos. Dejar de acusar a lo ajeno de sus fracasos e incompetencias. Tienen que valorar los intereses de la coalición y de Galicia. Y los de los gallegos. Porque están por encima de cualquier otro. A ver si lo entienden.