DOUCE FRANCE

La Voz

OPINIÓN

BLANCA RIESTRA

23 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

El pasado lunes lloré ante la prensa. Tengo la impresión, un tanto ruin, de haber escapado a una hecatombe, de mirar hacia atrás y contemplar con vergüenza el desplome de un edificio en el que otros quedaron atrapados. Recuerdo mi llegada a Francia a principios de los noventa, cuando la derecha de Juppé estaba en el Gobierno. Recuerdo aquellos infames caserones en el campus, el olor a arroz recocido y las celdas de tres metros cuadrados donde cumplí veintitrés años. Recuerdo que nuestra residencia era la más remota y alejada del centro de Dijon, también la más modesta, recuerdo que convivíamos con estudiantes del sur: africanos, árabes, portugueses. Los rubios estaban en otras residencias más lujosas y más céntricas. Sentíamos oscuridad y miedo pero también nos reíamos; Margot, mi amiga ourensana, se enamoró de un brasileiro. Pasábamos las tardes con un guineano llamado Romuald y con algún que otro amigo moro. Descubrimos el cuscús y la harira, el pollo columbo y el te a la menta, el curry con mango. Apenas salíamos porque a nuestros amigos negros o árabes no les dejaban entrar en ningún bar y era salir del campus y llegar varios coches de policía y coger a Assis o a Mohamed ¿que eran ingenieros o matemáticos¿ y acorralarlos entre insultos contra el muro y cachearlos. Esa fue la primera Francia que conocí. La que me heló el corazón. Pero las cosas cambiaron, o eso parecía. Ganaron los socialistas, fue la Copa del Mundo y Jospin puso de moda el mestizaje, yo me fui de provincias a París y allí descubrí la otra cara de Francia, la de los carteros argelinos y las guardias de tráfico ¿gordas y llenas de dientes¿ antillanas: Saint Germain-de-Près, el barrio de Sartre y de Beauvoir y la gran Barbès, capital de África. Ahora he llorado por mi Rue du Chemin Vert, al lado de Père Lachaise, donde viví. Volví a ver mi minúscula habitación vacía, mi colchón deshinchado y mi taza solitaria de café. Me acordé de los chicos árabes de la lavandería ¿estudiantes de económicas y de derecho¿, me acordé de la pastelería de mi barrio con unos éclair au chocolat del tamaño de un antebrazo, y de un viejo que se sentaba siempre leyendo Le Monde sobre una silla plegable en la puerta de su casa. Lloré pensando en el bar de Kader en la Rue de la Roquete donde hablábamos de política entre libertarios, veteranos de la descolonización y expatriados nostálgicos de una determinada Francia sindicalista y fraterna. Lloré pensando en un café cerca de Nation donde celebré el 14 de Julio del 2000 entre franceses rubios, mestizos y achinados que calzaban Nike y soñaban con cambiar el mundo. Francia es un país dividido por una enorme cicatriz abultada. Por un lado está la Francia de los gañanes de provincias, fascistoides y amargados, temerosos y esclavos del dinero, es la Francia de la que abominaron Rimbaud y Baudelaire, la que dio la espalda a sus hijos, aquélla que jamás entenderá la grandeza de sus revoluciones. Y por otro lado está la Francia de los derechos humanos, la Francia de la Comuna de 1871, la Francia de los poetas suicidas, de los acordeonistas, de los sindicalistas, de las huelgas, la Francia social, la Francia de Montparnasse y de Belleville, la Francia marsellesa. Ese país que ahora puede desplomarse asesinado por sus fantasmas intestinos.