CARLOS G. REIGOSA
22 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Se habla con verdadero pasmo del terremoto político producido en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas, con la hecatombe de la izquierda y el éxito sin precedentes del ultraderechista Le Pen. La izquierda jugó con fuego (es decir, a la división, la frivolidad y el radicalismo) y ahora se encuentra en el paradójico trance de tener que apiñarse, no en torno a su candidato, sino en apoyo del rival Jacques Chirac, convertido en el último bastión frente al asalto del ogro de la extrema derecha. Porque ésta es la terminología correcta. Lo ocurrido en Francia es una historia de miedos. El miedo a la inmigración, a la inseguridad ciudadana y a la desaparición de las grandes señas de identidad del país (miedo a Europa) ha llevado a muchos franceses a hacer una clara advertencia, incluso una protesta enérgica, con su apoyo a Le Pen. Muchos votantes de izquierdas han colaborado con la fragmentación o la abstención. Con todo ello lo que ha cambiado es la orientación del miedo, que de nuevo presidirá la segunda ronda electoral. Sólo que ahora es el miedo Le Pen el que movilizará al electorado. Ello da una idea de la magnitud (insospechada) del desconcierto francés.