JOSÉ RAMÓN AMOR PAN, Profesor de Bioética
18 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Una de las cuestiones debatidas al hablar del morir es la de hasta dónde hay que luchar por mantener con vida a una persona. ¿Se trata de añadir vida a sus días o de prolongar irracionalmente el proceso de muerte y caer en situaciones de encarnizamiento terapéutico? Una cosa debe quedar clara: no hay obligación moral de luchar contra la muerte en todos los casos. Cuando no existe esperanza razonable de salvar la vida del paciente o de prolongarla de forma beneficiosa, el paciente o sus allegados (si éste no es competente) pueden tomar la decisión de no iniciar o suspender cualquier tratamiento, naturalmente después de recibir la información necesaria, y así lo reconoce en España la Ley General de Sanidad de 1986. Tampoco se iniciará la reanimación cuando exista un riesgo desproporcionado de que el paciente pueda sufrir daños intolerables e irreversibles. Esto no es sinónimo de asesinato ni de suicidio. Se trata, simplemente, de retirar un obstáculo artificial que impide el proceso natural de la muerte. Ni siquiera puede hablarse de occisión indirecta. Ni el significado de la acción en sí ni la intención apuntan a matar. Pretenden, únicamente, quitar obstáculos carentes de sentido en una lucha insensata contra la muerte inminente. Es un ejercicio legítimo de la autonomía personal. Esta es una doctrina ya clásica, aceptada incluso por la Iglesia Católica. No entiendo el revuelo que se ha armado con el caso de la retirada del respirador a la tetrapléjica británica, salvo que se quiera confundir a la opinión pública. Los pacientes son los que tienen que decidir si quieren o no un tratamiento, aunque eso suponga un riesgo para sus vidas. El bien no se puede imponer a la fuerza a personas competentes. Es el caso de un varón con gangrega en una pierna que decide no operarse y fallece de sepsis generalizada a los pocos días; o el del Testigo de Jehová que muere por no recibir una trasfusión. Ahora bien, la decisión de suspender o no iniciar un tratamiento no significa que el médico abandone al paciente. Su obligación se extiende al cuidado de aquellos cuya vida no puede salvar. Es una grave exigencia moral el proveer de una atención adecuada a nuestros enfermos crónicos y terminales. Me refiero a los cuidados paliativos y las residencias para asistidos, muy escasos todavía en nuestro entorno.