RAMÓN BALTAR
17 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Muchísimas familias españolas sufren doble pesadilla: evitar los rojos a mitad de mes y mirar por los hijos hasta que la lotería del empleo los visite. Se anuncian medidas oficiales de ayuda familiar. Cuerpo a tierra, que vienen los políticos. Los que bendijeron el sistema económico y las formas de vida que amenazan la concepción heredada de la familia están ahora asustados del rumbo que toman las cosas. Descansaban seguros de que la familia era una institución natural y, como célula básica de la sociedad, quedaba al margen de toda mutación esencial. Y cunde la alarma cuando ya se apunta un cambio de paradigma y peligra la continuidad del código de valores prevalente. La doctrina, juntando ideales con intereses materiales, reducía a dos las funciones de la familia: criar hijos para el cielo y brazos para el aparato productivo. La salvación de las almas ya no importa a todos por igual, pero sí los bajos índices de natalidad: al poder espiritual porque no se cumple el mandato divino de multiplicarse (por cierto, el único al que los humanos no hacen ascos); al económico porque si baja la población faltarán consumidores y serán menos a costear las prestaciones sociales, caballo de batalla de quienes no las necesitan. Populares y socialistas dicen que van a tomar cartas en el asunto, sin aclararnos por qué tardaron tanto. De todas formas, los anticipos son cutres: una paga de cincuenta o cien euros mensuales a las madres trabajadoras por hijo hasta los tres años es ruido de calderilla. Los tiros van por otro lado: trabajo abundante y estable, salarios decentes y vivienda asequible facilitarían a los jóvenes el hacer nido propio y el trabajo de la cigüeña. Reconozcan los repúblicos, sin demagogia, la deuda de nuestra democracia con las familias. Son ellas las que apechugan gratis con servicios y transferencias derivadas del raquitismo del Estado de bienestar.