LOLA BECCARÍA
17 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.A pesar de que vivo normalmente en las nubes, no he podido sustraerme a la curiosidad de ver el famoso programa que desvela la trastienda de la gala de Miss España. He visto así cómo esas chicas se tienen que currar su sueño, llegar a ser la más guapa del país, y los beneficios que eso conlleva: las pasarelas de lujo, el cine, y como culminación, un marido rico, por ejemplo. Las matan de hambre, las incomunican, las someten a un estrés de órdago. Son como un rebaño de ovejitas obedientes que en el proceso pierden los nervios, se desmayan y se cuestionan los motivos por los que aguantan tanta presión. En el fondo es casi como preparar una oposición a notarías. Estudias un montón de temas, sufres tus momentos de crisis, pasas por el agobio de presentarte al examen, y si te suspenden te deprimes, pero si sacas la plaza ya te puedes tumbar a la bartola, porque a partir de ese momento tienes la vida asegurada. En realidad no veo diferencia alguna entre unos y otras. Los que se presentan para notarios echan mano fundamentalmente de su capacidad memorística. Las que se presentan a misses tienen belleza, y ese es el instrumento que les permite acceder a un nivel socioeconómico superior. La cuestión entonces tiene que ser otra bien distinta. Parece que ¿por desgracia¿ es necesario que existan notarios en nuestra sociedad, pero no sé hasta qué punto necesitamos que haya misses , justamente cuando la heroína principal del culebrón más visto en España lleva por sobrenombre la fea . Sí, me refiero a Betty la fea , que no es otra cosa que la historia del ascenso social de una mujer escasamente agraciada y cuyas armas son la capacidad profesional y la honestidad y fidelidad, más un gran corazón como divisa. Y creo que no es casualidad el éxito de Betty. Me parece que responde a una nueva necesidad cultural. Durante siglos la belleza ha sido un valor en sí misma. Y hoy en día se ha santificado este valor hasta sus últimas consecuencias, y de ese modo se ha producido una saturación que empieza a estomagar a la gente corriente. La belleza exterior es digna de contemplarse, como el que mira la Capilla Sixtina con arrobo. Pero si escarbamos detrás del rostro admirado de Claudia Schiffer, da un poco de grima lo que podemos (no) encontrar. Sin embargo, detrás de rostros que, analizados según los cánones de belleza vigentes, se tendrían por feos, podemos hallar un paraíso de encanto, la mayor de las sensibilidades, el más amoroso trato, el más bello ser humano. Así, me parece un síntoma de inteligencia, y del más interesante progresismo, que nuestra sociedad comience a cuestionarse valores como este: que poco a poco vayan ocupando su merecido lugar en el saco anacrónico de un parque jurásico con los días contados. En el fondo no son sino espejismos que nos impiden ver lo esencial. Porque, como dice Saint-Exupéry en El principito : «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos».