Ha sido un golpe civil. Ha sido una decisión democrática sin esperar a las urnas. Pueblo y ejército consiguieron echar a un demagogo. Un ejército sudamericano supo, por una vez, derrocar a un antiguo golpista basándose en el consenso popular. Es la primera impresión que produce la caída de Chávez. Pero es tan primera, que no me atrevo a sostenerla. Nadie sabe qué pasará en un país donde los militares han tenido tan activo papel en la crisis. Ni cuántos coroneles se creen líderes del cambio. Ni cuántas ansias de poder se esconden en las salas de bandera. Nadie sabe tampoco si el gobierno provisional tendrá fuerza y recursos para encauzar el descontento. Y nadie sabe a dónde puede llegar un pueblo que ha ganado en una revuelta. Venezuela es hoy, por ello, el territorio de la incógnita. Lo único claro es que la sociedad decidió que Chávez no era su hombre. Y organizó caceroladas y protestas hasta echarlo. Hoy, Hugo Chávez es el ejemplo de pérdida de apoyo social por no saber gobernar. Y es la muestra de cómo no se puede ocultar la ineficacia con palabras ni con magníficas acciones de propaganda que él mismo desarrolló. Por eso su caída es triste y hermosa a un tiempo. Triste, porque no hay nada más penoso que ver a un hombre que llegó al poder como deseado y se tiene que marchar como gran odiado. Pero hermosa, porque se produce con un anuncio de elecciones que pueden regenerar una nación desalentada y por la enorme lección política que encierra: no se ha expulsado sólo a un gobernante. Se ha expulsado una forma fatua de gobernar basada en la demagogia, un populismo que podemos llamar soez y un culto a la personalidad que rozaba los ritos de los dictadores. A la hora del juicio, sólo nos queda alguna incógnita, más propia del sicólogo que del análisis periodístico: ¿cómo un antiguo golpista habrá conseguido seducir a toda una nación? ¿Por qué se habrán fiado de él, con sus antecedentes? ¿Por qué habrá engañado a tanta gente? No hay respuesta, pero sabed lo que dijo un sabio, aprendices de Hugo Chávez del mundo: se puede engañar a muchos, pero no a todos. Y se puede engañar durante mucho tiempo, pero no todo el tiempo.