LA LARGA NOCHE

La Voz

OPINIÓN

MARÍA XOSÉ PORTEIRO

06 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Tal vez él habría llegado también a nonagenario si no hubiera muerto en el 79 cuando contaba 67 años de edad. A lo largo de toda su vida conjugó el derecho de pensar con el deber de actuar, algo de lo que no todos los intelectuales pueden vanagloriarse. Fue cofundador de la Federación de Mocedades Galeguistas antes de la Guerra Civil. Lo condenaron a muerte por un delito de opinión que le hizo esperar en los sótanos del Convento de los Escolapios de Celanova, durante tres interminables días, que lo fueran a buscar para estamparle un tiro en la frente. Volvió a las andadas en la posguerra creando una famosa colección de poesía que tomó prestado el irreverente nombre del pirata Benito Soto. Con Franco en plenitud publicó un rotundo y sugerente poema sobre la cárcel y las cadenas que fue lanzado por millares de manos desde la desesperación de la larga noche, como una piedra, contra la dictadura. Fundó la UPG. Desmitificó a los caciques de la emigración. Criticó desde la sátira y el escarnio a los hipócritas y a los aprovechados. Nos llenó el corazón con su amor por Moraima. Nos removió la conciencia con la denuncia de la opresión a los pueblos y a las patrias. Y de todo aquello han pasado ya muchos años. Cuarenta, en este 2002, desde la publicación de Longa Noite de Pedra . Pero Celso Emilio Ferreiro aún no encuentra el sitio que le corresponde en el cielo de los honores y los reconocimientos. Sigue refugiado en el corazón de quienes lo amamos, como un ilegal o un sin techo , con espacio en los libros de texto pero sin la memoria adecuada en la Galicia oficial ni en la Galicia resignada que aún no ha rendido al poeta de Celanova, heredero de Curros, el tributo que su obra y su persona merecen. Tal vez pasó ya la larga noche, pero el techo, el suelo, las paredes y las rejas... el corazón de los hombres, allá lejos, aún sean de piedra.