Produce un poco de sonrojo comentar las posiciones públicas del líder socialista, el señor Rodríguez Zapatero. Pero, ¡qué le vamos a hacer! Habla casi todos los días, y casi todos los días muestra una extraña habilidad: le pone la pelota al señor Aznar en el punto de penalti, para que éste dispare alegre y eficazmente a puerta. La última ocasión -al menos hasta que escribo esta columna- ha sido con motivo de la ilegalización de partidos políticos. Mirad lo que ha ocurrido: el señor Zapatero y su partido habían acordado con el Gobierno que 50 diputados, el Fiscal del Estado o el propio gabinete pudieran pedir esa ilegalización. Para sorpresa general, don José Luis cambió de idea el miércoles, y opinó que sólo el Fiscal General debía tener esa iniciativa. La idea es válida, incluso muy propia de un Estado de Derecho; pero le permitió al presidente preguntar dónde está la coherencia de la oposición para tanto cambio de criterios. De esta forma, el debate político en España no consiste en discutir quién tiene más o menos razón o quién hace mejores propuestas, sino en discernir quién es menos torpe o quién mete menos la pata. Mirando a una parte de los socialistas, el llorado Tip estaría repitiendo aquello de regardez la gillipolluá . Que ningún socialista se enfade, pero esto parece un concurso de torpezas ideado para que Aznar se luzca, aparezca ante la opinión como el hombre más coherente de la política española, y el único que mantiene su palabra de principio a fin. Yo creo que el PSOE tiene que serenarse y algo todavía más importante: transmitir sensación de serenidad. Es decir, que no parezca que va por la política española mariposeando aquí y allá, picoteando temas en busca de un titular, oponiéndose por oponerse, e improvisando posiciones. No necesitan hacer contra-leyes de todo. Lo que necesitan es presentar un discurso serio, riguroso, y que dure, al menos, 24 horas seguidas. Nadie sabe la cantidad de votos que le ha dado al PP esa acusación de que «el PSOE tiene 17 discursos distintos sobre España». Quizá no sea verdad, pero lo parece. Y decía don Leopoldo Calvo Sotelo que, en política, «lo que parece, es».