Hace unos meses, con un amigo israelí, visité a Yaser Arafat en su residencia de Ramala, en Cisjordania. Esa misma en la que, por decisión del general Ariel Sharon, el presidente de la Autoridad Palestina se halla encerrado desde diciembre del año pasado y que ahora han bombardeado y ocupan en parte los soldados de Israel. Ramala se encuentra en las afueras de Jerusalén, y si no fuera por los rigurosos controles militares israelíes no se daría uno cuenta de que sale de la ciudad santa. La residencia presidencial es una casona nueva de bastante mal gusto situada en un barrio sin ningun encanto donde dominan las villas edificadas a toda prisa pero con ostentación por nuevos ricos palestinos. Llegamos muy temprano, hacia las siete de la mañana, y hallamos al líder palestino cansado y como alucinado; parecía no haber dormido en varias noches. Nos había invitado a desayunar con él y varios de sus principales consejeros y ministros. Hablar con Arafat es siempre una experiencia dolorosa porque, desde hace unos años, está afectado por una enfermedad que le hace temblar permanentemente el labio inferior y eso entrecorta sin cesar sus palabras y da un carácter de balbuceo penoso a todo lo que dice. A pesar de estas impresiones negativas, reinaba en el palacete una febril atmósfera de resistencia. Guardias armados hasta los dientes protegían el edificio y sus alrededores y, una vez dentro, hombres con uniforme y sin él pero todos con metralletas circulaban por los pasillos. Mientras esperábamos al presidente, en un modesto salón decorado con el peor gusto posible, conversamos con los viejos compañeros de Arafat. Algunos, mitos vivientes para la juventud palestina, habían hecho todas las guerras, la de 1948, la de 1967, la de septiembre negro de 1970 en Jordania, la de 1973, la de Beirut en 1982, etcétera. Todas las habían perdido. Pero aquí estaban, en su tierra, ahora en parte autónoma, con la cúpula de la mezquita de Omar al alcance de la vista en Jerusalén Este, de nuevo en la trinchera apoyando esta segunda intifada y soñando con tener por fin ese soberano Estado de Palestina. Todos expresaban cierto pesimismo: «Palestina está sola ¿decía uno de ellos¿, la mayoría de los dirigentes árabes no la apoyan más que por pura forma, porque temen a sus propios pueblos y no hacen presión suficiente sobre los Estados Unidos porque éstos son, en última instancia, sus verdaderos protectores». «Europa ¿decía otro¿, que tanto peso económico tiene en la región, no cuenta diplomáticamente. Porque tiene demasiada mala conciencia y mucha responsabilidad en las causas del drama actual. ¿No eran acaso Inglaterra y Francia las potencias coloniales regionales cuando el sionismo alcanzó su apogeo en la primera parte del siglo XX? ¿No es el antisemitismo una invención y una práctica europea desde la España del siglo XVI hasta el monstruoso genocidio de los judíos de Europa cometido por la Alemania nazi, sin olvidarnos de los horribles progromes antijudíos en Rusia y Polonia en la segunda parte del siglo XIX?». «Sólo los Estados Unidos ¿añadía un tercero¿, que no tienen esas responsabilidades, podrían intervenir eficazmente, pero desgraciadamente, por presiones de su poderosa comunidad judía, o porque así lo han decidido estratégicamente, no lo hacen». Llega el raís (presidente) Arafat y, sin gran protocolo, todos lo abrazan con respeto y afecto. Es una reunión de amigos pero también una manera informal de recoger impresiones y de consultar a algunos de las más viejos veteranos de la lucha por la independencia. Arafat nos dice que cada día de cierre arbitrario de la frontera con Israel le cuesta a Palestina unos 30 millones de dólares. Le pregunto que por qué no impide esos actos terroristas odiosos contra inocentes civiles en Israel que radicalizan a los ciudadanos y les conducen a votar por gobiernos de extrema derecha como el del general Sharon. «He condenado mil veces esos atentados ¿dice Arafat¿. Todos saben, y las autoridades israelíes mejor que nadie, que esos atentados son cometidos por grupos islamistas que son mis adversarios y que las autoridades israelíes protegieron y alentaron contra mi durante mucho tiempo. Observen que el ejército de Israel ha atacado y destruido casi todas nuestras instalaciones, ministerios, radio y televisión, cuarteles, comisarías, cárceles, etcétera. Mientras que ha dejado intactos los edificios y centros de reuniones de la mayoría de los grupos islamistas que reivindican los atentados suicidas que más víctimas causan en Israel. A mi me piden que combata a esos grupos pero me retiran todos los medios para hacerlo. En cambio a esos grupos violentos, el poderoso ejército israelí no los molesta. ¿No es esa la prueba de que, por detestables que sean, esos atentados sólo sirven la estrategia de la extrema derecha de Israel y su proyecto de destrucción de Palestina?». Viendo en la cadena árabe de televisión Al Yazira, en directo, el asalto de los comandos israelíes contra la residencia de Arafat, mientras estallan bombas humanas en Netanya, Tel Aviv y Haifa, cómo no recordar aquellas palabras llenas de lucidez del viejo líder y su dramática conclusión: «Podrán reocupar toda Cisjordania y Gaza, podrán arrestarnos por centenares, podrán matar a muchos y matarme a mí, pero una cosa es segura: un día, Palestina independiente existirá».