CALLEJÓN SIN SALIDA

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS Aunque nadie se atreva a decirlo, hace ya mucho tiempo que la cuestión palestina entró en un callejón sin salida, que obligará a rectificar muchas cosas antes de formular nuevas propuestas realistas y eficaces.

31 mar 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Por eso no valen de nada los planes de paz, ni el diálogo de sordos que incentivan Europa y Estados Unidos, ni las cesiones y treguas oportunistas dictadas por los contendientes, ni las resoluciones de la ONU que se redactan en términos contradictorios con el análisis real de los hechos. Y por eso se transmite la terrible sensación de que la política interior de Israel vuelve a estar dictada por el ejército, y de que tan pronto aparece un destello de esperanza surge el militar inflexible o el terrorista suicida que cierra a cal y canto los caminos de la paz. Sobre una insólita acumulación de errores e intereses cruzados, la clave del actual fracaso estuvo en creer que la artificiosa construcción de un Estado palestino sería suficiente para desactivar el conflicto, y que ese complejo objetivo sólo dependía de un aceptable reparto de territorios y de una adecuada administración del simbólico enclave de Jerusalén. Así lo creyó, incluso, Ehud Barak, quien, a pesar de partir de una concepción providencialista del Estado de Israel, de clara inspiración militarista, estuvo a punto de culminar el proceso de creación formal de un poder palestino, antes de que las maximalistas exigencias de Yaser Arafat le aclarasen para siempre la realidad del problema. Por eso sabemos hoy que no será posible crear dos estados donde difícilmente se desarrolla uno sólo, y que, si para el actual Estado de Israel sólo cabe un poder palestino vasallo, que limite su soberanía a los conflictos sociales y al control interno de la miseria, sin variar en absoluto los equilibrios y estrategias de la zona, para Arafat y los palestinos sólo se entiende como válido un Estado que, convertido en símbolo de su victoria, siga replanteando el problema palestino en términos de estricta legitimidad, más allá de la ocupación de 1948. Con Arafat cercado en Ramala, y a la luz de la experiencia, es evidente que la rectificación del error cometido en Israel tiene que llegar por la vía de la convivencia de los dos pueblos en un único Estado que, lejos de los actuales resabios étnicos y fundamentalistas, se asiente en los principios de la democracia, el laicismo y la libertad. Y, aunque es verdad que para eso falta voluntad, perspectiva, líderes, protectores, teorías y contextos, no parece que sea un camino más complejo y costoso que el actual, que, por lo ya visto, no nos lleva a parte alguna. Seguir como estamos, y escuchar cosas repetidas desde hace cuarenta años, es una obcecación exasperante. O pasar la piedra, una y otra vez, a la acerada guadaña de la muerte.