TOBIN

La Voz

OPINIÓN

IGNACIO RAMONET

26 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Hace unos años casi nadie sabía quién era James Tobin. Vivía olvidado en su casa de New Haven (Connecticut), seguía dando algunas clases en la universidad de Yale pero muy pocos se acordaban que este anciano de porte altivo, nacido en 1918, había sido consejero del presidente John F. Kennedy y había obtenido el premio Nobel de Economía en 1981. Ahora, al fallecer el 11 de marzo, a los 84 años, la prensa de todo el mundo ha consagrado a James Tobin páginas enteras de análisis y decenas de elogiosos artículos. Un tratamiento mediático de estrella internacional. ¿Qué ha ocurrido para que este discreto economista haya sido de tal manera propulsado al estrellato mundial? Una idea simple y revolucionaria, propuesta por James Tobin en 1972, rescatada y desempolvada por el movimiento antiglobalización y utilizada como palanca para criticar radicalmente la mundialización liberal. ¿En qué consiste? Tobin propuso que los gobiernos recaudaran una tasa sobre las operaciones con divisas en el mercado de cambios como medio de disuadir la especulación desestabilizadora. Se la conoce como la tasa Tobin. Por su modestia ¿0,1%¿ esta tasa no impediría el libre juego del mercado, pero tendría tres excepcionales virtudes en el mundo de hoy. Primero, reduciría sensiblemente la especulación en el mercado de divisas, ya que la característica de ésta es de comprar y vender decenas de veces seguidas, apostando por una ínfima variación del valor de la divisa atacada. Una tasa de 0,1% se convierte, si se compra y vende diez veces, en 1%; si se hace cien veces, la tasa pasa a 10%; y si se compra y vende mil veces, la tasa deviene 100% y el especulador pierde su capital¿ La segunda virtud es que la suma recaudada gracias a esa tasa se estima actualmente a 120 mil millones de dólares. Bien administrada, por una agencia intachable de las Naciones Unidas, esa suma podría contribuir a mejorar la existencia de miles de millones de personas. La ONU, como se ha dicho estos días en la conferencia de Monterrey sobre el desarrollo, estima que para suprimir la gran miseria en el mundo se necesitan anualmente 13 mil millones de dólares. La tasa Tobin procuraría casi diez veces esa suma.Y el resto se podría consagrar, en parte por lo menos, a pagar la deuda del tercer mundo, que es uno de los mayores escándalos de hoy. Los países ricos cobrarían ¿aunque muchos de ellos no lo merecen¿ y los estados pobres podrían consagrar el dinero destinado a reembolsar la deuda, a mejorar sus infrastructuras, construir escuelas, hospitales, canalizaciones de agua potable, alojamientos decentes, etc. Estas dos virtudes fundamentales ya deberían convencer a todos los gobernantes de la imperativa necesidad de instaurar la tasa Tobin . Pero la tercera debería tener más fuerza aún de convicción. ¿De qué se trata? Hoy día, el capital financiero ejerce, en la mayoría de los países, la realidad del poder. Los mercados financieros dictan a los gobernantes la mayor parte de sus acciones. Los mercados gobiernan y los gobiernos sólo administran. Esta realidad impuesta por la globalización liberal está desvitalizando a la democracia y engañando a los ciudadanos. Si los gobiernos instaurasen la tasa Tobin demostrarían que pueden imponerse sobre los mercados financieros. Que la política aún tiene más legitimidad que la economía. Que la democracia está por encima del mercado. Esta tercer virtud de la tasa Tobin es quizá la más importante en el contexto actual. Es también una virtuosa consecuencia que el propio James Tobin no había previsto. Pero él tenía fe en el poder de las ideas. Sabía que son las ideas las que cambian al mundo. Por eso James Tobin batalló hasta su muerte por imponer su tasa.