Si Juan Priede hubiera sido el primer ciudadano asesinado por ETA y sus amigos, algunas de las cosas que hoy pasan en Euskadi resultarían comprensibles. Lo serían las palabras de Ibarretxe reclamando a ETA que deje matar, y a sus amigos de HB que condenen la muerte de un representante popular. Y la posición de los que defienden en el interior del PSE una entente con el nacionalismo gobernante. Y los foros planteando la conveniencia del diálogo. Incluso más. Si Juan Priede hubiera sido la primera víctima de ETA podrían entenderse los emplazamientos de Otegi en pro de una salida negociada a la violencia. Y las reticencias de IU sobre el proyecto de partidos. Y hasta los excesos de Arzalluz comparándolo con la declaración de un estado de excepción. Pero Juan Priede no es el primero de los ciudadanos asesinados por ETA y sus amigos. No: ¡es el 850! Por eso, tras su muerte y la de las 849 personas que han caído antes que él bajo la saña criminal del independentismo vasco, algunas de las cosas que hoy suceden en Euskadi son sencillamente incomprensibles. Es más: son delirantes. Es delirante seguir oyendo al lehandakari pedir a ETA, con su insufrible tono santurrón, que deje de matar; y oírle reclamar a HB que se desmarque de sus crímenes, como esperando que una u otra cosa pudieran acabar por suceder, permitiendo así por fin al PNV reivindicar sin ningún tipo de complejos algo similar a lo que por medio de las armas reivindican ETA y HB. Y es delirante que haya aún dirigentes socialistas que se crean de verdad que una nueva entente con el nacionalismo pudiera facilitar ahora lo que no posibilitó durante los muchos años de pacto PNV-PSE: el final del terrorismo. Y lo es, también, que se siga hablando, con buena o mala fe, de diálogo con los que ha decidido imponer su voluntad por el terror de las pistolas y las bombas. Oír hablar a Otegi de una salida negociada es más que delirante: es vomitivo. Pues la negociación que él plantea, en nombre de ETA y HB, se reduce a lo siguiente: si hacéis lo que queremos, dejaremos de mataros. Y es de un cinismo insoportable oír expresar a IU su preocupación por los derechos ciudadanos, a cuenta del proyecto de partidos, cuando en Euskadi los derechos están siendo violados por los criminales y sus cómplices como en ninguna otra parte. Oír, en fin, hablar a Arzalluz de estados de excepción da coherencia a todo este cúmulo de despropósitos en que se resumen las cosas increíbles que hoy pasan en Euskadi. Pues Arzalluz, que sabe bien que no hay allí otro estado de excepción que el decretado por ETA y sus amigos, sabe también que de que éstos no sean derrotados con las armas del Estado de derecho depende que él pueda llegar a ver un día una Euskadi independiente. Es, aunque cueste admitirlo, así de fácil. Y así de aterrador.