A raíz de la creación de nuestro colegio profesional de Galicia, hubo una década en que los arquitectos estábamos presentes en casi cualquier debate. Veinte años después nos encontramos silentes en lo tocante a la ciudad como tema. Creo que hay varias razones. Algunos se han cansado de decir lo que pensaban para que las cosas sigan igual o peor, o están superados porque lo que ha acontecido en las ciudades y áreas metropolitanas ha roto sus esquemas. Otros han decidido encerrarse en su proyecto, eludiendo cualquier debate que pueda ponerlo en relación con su entorno, aunque en la conversación privada se lamenten. Y otros, sencillamente, ven la profesión sólo como un negocio y no quieren problemas. A veces el silencio se regala aunque no lo pidan, porque se sobreentiende que si se hace pública una opinión se puede perder un cliente. Credenciales Pero no hay otra profesión que muestre más sus credenciales en público y esté más sometida a la crítica y, por consiguiente, con tantas contradicciones. Veamos. En los años sesenta se destrozó buena parte de nuestras ciudades construyendo los ensanches desarrollistas a expensas de los ensanches de principios del siglo XX y del suelo rústico. Aquello tuvo unos efectos sobre la comunidad urbana: aparecieron los promotores profesionales, la vorágine inmobiliaria entró en la sociedad y los arquitectos tuvieron que adaptarse al mercado, con lo que se perdió el concepto clasista de la profesión. En la etapa actual, la sociedad, que participa de un inmobiliarismo aún más voraz, también ha generado su propio perfil, y al arquitecto, como uno más, se le exige que produzca más construcción que arquitectura y que se adapte a las reglas promocionales del gusto y la distribución. Esta disfunción ha generado una estética híbrida que, para resolver el conflicto entre lo que demanda el cliente y el criterio del profesional, suele recurrir a la mimesis, a la copia de estilos anteriores y a lo anodino más que a lo discreto. El resultado de todo ello es que, salvo casos concretos y en los iconos de la llamada arquitectura singular o institucional, los últimos cuarenta años no han producido una estética o un estilo propio de una sociedad, ni siquiera de una clase social. Aunque se ha construido cada vez más y, también es verdad, cada vez mejor, no creo que este largo periodo pase a los anales de la arquitectura como una época en la que se ha creado patrimonio, es decir, que pueda ser reconocida por las generaciones futuras. ¿Es éste un problema sólo de los arquitectos? Lo que acontece en la ciudad, con su complejidad, pertenece a toda una sociedad, a sus intereses, a sus gustos, a sus promotores, a sus compradores, a sus políticos... Dicho esto, el arquitecto no puede quedar al margen, ni personal ni colectivamente. Debe innovar y negociar una estética que pueda ser demandada por el mercado, y, sobre todo, debe salir de su cascarón y participar en el debate de la ciudad entendida como una arquitectura global al servicio de un proyecto social.