Cuando leí la noticia del asesinato de Juan Priede Pérez, concejal socialista de Orio, ya se habían pronunciado ¿¡otra vez!¿ el lehendakari Juan José Ibarretxe y el secretario general de los socialistas, José Luis Rodríguez Zapatero. Y al ver ambas cosas juntas, la muerte y sus lamentos, tuve la extraña sensación de que hablaban por hablar, y de que hace ya mucho tiempo que aquí, en España, se acabaron los discursos. Con su cara de bueno ¿haciéndose fuerte en ese extraño liderazgo moral que le atribuyeron sus enemigos para arrebatarle la victoria electoral a Arzalluz¿, Juán José Ibarretxe volvió a dirigirse a Batasuna y a ETA como lo haría un misionero franciscano, con la retórica del que todavía cree en la posibilidad de tocar el alma del pecador y convertirlo, de lobo feroz, a manso cordero. ¿Es este el pluralismo que quereis para Euskadi?, preguntaba Ibarretxe. Sólo le faltó preguntarles qué pensarán sus mamás, o si creen que un mal camino puede llevar a un buen destino. Por eso no quise imaginarme siquiera lo que contestarían los asesinos de ETA, recluidos en su guarida, mientras la televisión ofrecía las imágenes de su última batalla. Porque me temo que mientras unos hablan, razonan y matan desde su realidad, los otros resisten y se lamentan en Babia, repitiendo sus errores, alimentando sus tópicos y esperando a que el tiempo disperse la tormenta. Rodríguez Zapatero, por su parte, ¡dale que te pego al pacto! Dice que están dispuestos a reforzar los acuerdos con el PP, sin revisar ni analizar ninguna estrategia ni ningún resultado, y sin percibir la dislexia que hay entre la retórica antiterrorista y la cruda realidad de las pistolas y la sangre caliente. ¿Qué es lo que se ha pactado? ¿Qué añade eso a la profesión constitucional de la ley, la libertad y el orden? ¿Es que la obligación de hacer oposición quiebra cuando hay un muerto en tierra? ¿De verdad cree Zapatero que sólo hay una política antiterrorista, que es propiedad del Gobierno, y que a él sólo le queda hacer de grumete? Lo extraño es que no quiebre también el discurso de un Gobierno que, aliado con Garzón y el papanantismo mediático, se dedica a perseguir entornos , desarticular aledaños y legislar contra los cómplices ¿bordeando los límites del respeto a las libertades de asociación, expresión y acción política¿, mientras los comandos se reconstruyen y asesinan a placer, y casi siempre con la misma pistola. Claro que si se parte de que el Gobierno hace todo lo humanamente posible, y lo hace bien, los demás quedamos en la pura gloria, relevados de nuestras obligaciones y responsabilidades como políticos, comentaristas, ciudadanos, policías, jueces, abogados... Todos, menos los asesinos, que tienen otros caminos.