XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
18 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Ayer me llamó una secretaria de Putin, que sabe que estoy solo en Italia y me da palique a costa del Estado, y me dijo que en Moscú no se habla de otra cosa, y que, desde que se enteraron de que «el maestro» aceptó dar una conferencia sobre el Ser político en el mundo actual, los más altos dignatarios de todas las Rusias (así lo dice ella) se parten los fuciños (esta palabra se la enseñé yo) por conseguir butaca en la Escuela de Estudios Políticos. Se dice, para justificarlo, que a los rusos les interesa mucho la transición, la autonomía y los monolíticos congresos del PP, por lo que es de esperar que muchas preguntas vayan por ahí. Pero lo que más despierta su curiosidad, según mi confidente, es la adaptabilidad de un político que, después de cincuenta años de actividad, muchos de ellos al servicio de un general troglodita, empieza ahora a dar conferencias sobre los políticos de hoy. ¡Fantástico! Claro que, bien mirado, el problema de los rusos se parece mucho al de Fraga. Porque lo que a ellos les preocupa no es la teoría de la democracia, sino saber cómo se gira del comunismo al liberalismo, del Pacto de Varsovia a la OTAN, de la guerra fría al seguidismo de Bush y de la autarquía patriótica a las tiendas dolarizadas. Y en eso quizá les sea útil la experiencia de quien pasó del franquismo a la democracia, del centro a la periferia, de la España Una a la representación regional, de Pemán a Curros, de viejo profesor a eterna promesa y de estar acosado por una oposición batasuna a partir un piñón con el mejor nacionalismo del mundo. También es verdad, como dicen en Rusia, que ese camino lo hicieron otros políticos. Y por eso se barrunta que la señora Nemirovskaya -a quien le corresponde la gloria de haber convencido al maestro para que abandone ese despacho que tanto le atrae y se vaya de viaje- quiera centrarse en los gallegos y no en Fraga, para saber cómo nos han crecido las tragaderas, y cómo nos han progresado las cataratas políticas hasta llegar a este punto de felicidad en el que nada nos molesta y todo nos resulta hermoso, positivo, natural y coherente. Ahora sólo me falta recomendarle a nuestro presidente -con perdón y humildad- que no le diga a los de Moscú lo que le dijo a la joven generación de politólogos que apadrinó en Santiago: que la Ciencia Política no existe, y que todo se reduce a una conjunción de saberes jurídicos, históricos y económicos. Porque no es bueno ser algo que ni se puede explicar ni estudiar, y porque a Moscú le llevan para que les hable del siglo XXI, y no del XIX. A Anastasia, mi amiga, le gustaría que fuese yo acompañando a Fraga. Pero ya le dije que mi especialidad es la política de hace mil años, cuando todo iba más despacio que ahora.