BENQUERIDO CARLOS

LOLA BECCARÍA

OPINIÓN

Te conocí en un encuentro de escritores, en Verines, en el año 1996, y recuerdo que cuando te escuché por primera vez ya no quise separarme de ti. Hechizada, me pegué a tus faldas durante tres días que fueron un auténtico lujo. Porque no era únicamente aquello de lo que hablabas, tus exquisitas narraciones, sino cómo lo decías, cómo sabías estar y cuán elegante eras, cómo aglutinabas a la gente a tu alrededor, y sobre todo, cómo deshacías cualquier maleficio con tu encantadora sonrisa o cómo te brillaban los ojos cuando contabas mil y una historias. Porque por tu mirada pasaba el mundo entero, y lo proyectabas a los demás desde otra perspectiva: le ponías colores, sabores y emociones, le ponías el caldo indispensable, la sal de la vida, y te zambullías tú mismo en esos cálidos mares, divino compañero de juegos, amigo atentísimo a la más honda vibración del universo de los vivos. Sólo con tu contacto le dabas al entorno infinitos motivos para no suicidarse, para no flaquear, para buscar la armonía, para eludir la confrontación o el miedo. Sólo con tu persona hacías el ambiente, y ya todo de pronto giraba a tu alrededor, como por arte de magia. Eras un mago, Carlos, sin duda. Estabas hecho de un material tan dulce, tan tierno y tan apasionado que si la vida tuviera un nombre propio se llamaría Carlos Casares. Porque nadie como tú sabía que la vida es bella cuando en nuestra voluntad está el hacerla bella. Porque nadie como tú sabía que la vida no tiene nada de especial si uno no se molesta en escuchar o entender, en armonizar, en dar, en ofrecerse, en amar a los demás. Porque nadie como tú sabía discernir el valor de lo esencial frente a la estupidez de lo superfluo. Porque nadie como tú sabía rebuscar sutilmente en lo más profundo de cada corazón humano rastreando los matices que nos hacen grandes y buenos, que le dan sentido a todo. Porque nadie como tú, Carlos Casares, conocía el valor del amor, generoso y sin reservas, sin tasa y sin fronteras. Y más allá, mucho más allá ¿lo que yo más apreciaba y admiraba de ti¿, esa comprensión infinita hacia los demás, ese ponerte en la piel de los otros, sin juzgar o censurar, sin machacar o pisar. Viviendo de igual a igual. Así, no he podido evitar llorar tu muerte con lágrimas de amor, del mismo amor de que tú estabas hecho. Amor que tuve la dicha de conocer y cuya memoria conservaré como herencia preciada. Es tu legado. Y mientras aquí nos quedamos sin ti ¿pero contigo¿, gallego del alma, ciudadano del mundo, tú te vas a ese lugar del cielo reservado a los hombres que en vida fueron ángeles y en muerte son hermosamente humanos.