Desde la noche electoral del 21 de octubre, los acontecimientos se han sucedido con tal rapidez que aquella fecha parece pertenecer a la prehistoria. En pocas semanas, los antagonismos y referencias, que a lo largo de años habían cristalizado en la vida política gallega, se han diluido. Los cambios se producen a tal velocidad que no resulta fácil asimilarlos, lo cual produce desconcierto y confusión en amplios sectores de nuestra sociedad. Resulta difícil imaginar cuál puede ser el final del proceso que, a través de un movimiento acelerado, se está desarrollando en Galicia. El resultado, como siempre, derivará de los conflictos entre muchas voluntades, de la confrontación entre numerosas fuerzas que se contraponen unas a otras, de tal modo que lo que unos pretenden tropieza con la resistencia de otros, y lo que resulta, con frecuencia, es algo que nadie había querido. El presidente de la Xunta ha iniciado un distanciamiento claro respecto de la cúpula de su partido en temas de gran relevancia, tales como el modelo de Estado, la reforma constitucional, la política vasca o la relación con los nacionalistas. Si estos movimientos responden a algo más que a una operación de imagen, y Fraga pretende que sus actuales ideas tengan continuidad, necesitará que, al menos, el PPdeG las asuma y actúe como albacea de su legado político. Solo así podrá ser, como pretende, un referente político de futuro. Pero es evidente que Aznar y la dirección del PP harán todo lo posible por evitarlo, y pondrán todos los medios a su alcance para que el PPdeG vuelva a estar bajo su control. La intervención de Xosé Cuiña, ayer mismo, en el Parlamento, contradiciendo abiertamente tanto el talante como las posiciones sostenidas por Fraga, no puede ser ajena al pulso que se libra en el PP. En todo caso esta controversia condicionará decisivamente el proceso de sucesión de Fraga, y de cómo ésta se resuelva dependerá, en gran medida, el modelo del posfraguismo. No más despejado aparece el horizonte de la oposición. A estas alturas nadie sabe si el PSdeG y el BNG están dispuestos a formular, construir e impulsar un proyecto alternativo al PP, compatible con el diálogo y la concertación, o se limitan a ir a remolque del Gobierno y a disputarse el papel de interlocutor privilegiado del poder. Así las cosas, sería deseable y resultaría clarificador que los principales protagonistas de la vida política explicasen cuáles son sus objetivos y sus estrategias para diseñar el modelo político gallego, tras la retirada de Manuel Fraga. En otras palabras, ¿después de Fraga qué?