La doctrina oficial ¿la que se escucha en los funerales, al final de las manifestaciones, en las ruedas de prensa de Pío Cabanillas y del pacto antiterrorista, y en los órganos de comunicación del bando bueno ¿ dice que los de ETA no van a conseguir nada, y que vamos a aguantar el pulso per saecula saeculorum . Pero la práctica, que no se aviene a consignas, dice exactamente lo contrario: que en el País Vasco ya no existe un sistema de representación validable, y que, con independencia de lo que propongan los socialistas de Llodio o de lo que haga o deje de hacer Batasuna, la vida de las instituciones, especialmente de las de ámbito local, está fuera del control de la ley y del Estado. Se pueden cumplir, es verdad, todas las formalidades de la democracia. Pero no es posible hacer listas y elecciones libres, ni se le puede pedir a los ciudadanos de a pie que se juegen su vida por una concejalía. Y eso, desde la lógica del terror, es una enorme victoria que se consigue con poco gasto. Porque si hasta ahora se pudo negar la existencia de un problema vasco , del que en Madrid no querían oír hablar, ahora es evidente que hay problema vasco , aunque no tenga nada que ver con el que algunos quisieron plantear y resolver. Y no nos engañemos. No hay bombas fallidas en el terror. Los heridos como Eduardo Madina, Esther Cabezudo o Iñaki Torres sirven tanto a los fines de ETA como los cadáveres de Fernando Buesa, Ernest Lluch o Froilán Elespe, y hasta pudiera ser que, en un salto más de su endiablada estrategia, acaben practicando un terrorismo de heridos que carga menos las sentencias y es igual de efectivo. Y qué hace la autoridad del Estado. Pues eso: discursitos, pactar entre buenos, hacer que Rouco Varela se explique, apestar a Xabier Arzalluz, legislar contra Arnaldo Otegi, negar el problema y pedir aguante, mientras se ven obligados a reconocer la cíclica reconstrucción del comando Bizkaia, el Nafarroa, el Donosti, el Madrid, el itinerante y el de la madre que los parió. Lo curioso es que, mientras todo esto sucede, los ministros de Interior cotizan como el dólar, como si en su sueldo fuesen las oraciones fúnebres en vez de ir las soluciones. La delincuencia común sube porque los polis están ocupados con ETA. ETA sigue porque se reconstruye. Y los ministros de Interior se quedan al margen de la catástrofe porque el pueblo les agradece que vayan a los entierros y asesten mandobles al aire enrarecido de los llamados entornos . ¡Sencillamente increíble! Un ministro sólo sirve para dar soluciones. Y si no las da, es un manta y hay que echarlo. Sin disculpas. ¿Y cómo se arregla todo esto? Por el camino que vamos no. Porque, si los discursos pueden amañarse, los hechos cantan.