CARLOS G. REIGOSA DE SOL A SOL
02 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Marina Picasso, nieta del pintor más grande del siglo XX, es el último miembro de la saga familiar que se ha sumado al escarnio del genio. Así lo hace en su libro, recién editado, Picasso, mi abuelo, un dechado de revelaciones que no añaden nada al conocimiento de la obra, pero que sí contribuyen a cincelar la imagen reprobable del artista, una especie de minotauro que había convertido su casa en un laberinto de Kronos con víctimas a tutiplén. Estoy seguro de que todos tienen razón (hay demasiados suicidios de por medio), tan seguro como de que estos supervivientes han heredado cuantiosas fortunas, que ahora tratan de aumentar modestamente con su denodado esfuerzo memorístico, para mayor gloria de este monstruo de los ingenios que aprendió a pintar palomas en A Coruña y que, al parecer, nunca supo amar debidamente a los suyos. Proclamar esa razón que reclaman con tanta publicidad, ahora que el viejo león ya no ruge, no les da derecho a inscribirlo en una lista de maltratadores peligrosos o en una galería de malvados. ¡Menos exhibicionismo, coño! O, por lo menos, devuelvan antes la herencia.