DE PÁJAROS Y AVES

OPINIÓN

02 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Andaba yo observando la resurrección de la Naturaleza, que siempre coincide con los días previos a la proclamación de la primavera en las copas de los árboles, cuando reparé en la república de los pájaros que hacían armónico conciliábulo en el territorio de los mirlos. En estos días, donde yo vivo, ya estamos festejando la primavera primera que mandó por delante la explosión amarilla de las mimosas, el océano blanco que se detiene en los almendros, y los atardeceres malva y violeta posados tres semanas en los prunos antes de virarse a sepia. Los chopos tienen a punto sus brotes y los plátanos los emulan. Todo el paisaje tiene un fondo verde de matices recientes, como de estreno. Ya va para un mes, por san Blas, que anidó la cigüeña en el campanario, son una pareja joven y pizpireta, arrogante como todas las aves mayores. Pero a mi jardín, donde han pasado otro invierno mi pareja de pegas , las dos urracas que yo llamo Bonnie y Clyde por la mala fama de rateros que tiene esta especie, a mi jardín, digo, territorio privado de la mirlería de pico naranja, han llegado nuevos pájaros que traen noticia de otros climas y de otras ciudades. He visto dos parejas de lavanderas de larga cola, llegaron los primeros vencejos explorando el terreno para levantar como cada año un nuevo nido sobre los olores del anterior, guiadas por el rayo rindieron viaje las golondrinas para quedarse hasta que septiembre anuncie el otoño. Y mi memoria de estos días también es un pájaro de los que habitan en mi cabeza y viajo con ella a mi país de nación para recordar que en la ría de mi pueblo varada en mi retina, están estos días los últimos mazaricos del invierno, y que ya llegaron los paporroibos , los petirrojos que llevan una bandera roja clavada en el pecho. Y celebro en el recuerdo que ya falta menos para que el primer cuco de la primavera cante su melodía de monotonías por las altas tierras de Mondoñedo, patria de un jilguerío antiguo y cantarín que hacía contracoro a los sochantres de la catedral de la Asunción. Me gustaría creer, en esta epifanía ornitológica, que con la primavera también viajan a Galicia las alondras que se detienen siempre en una estrofa de un poeta melancólico y los ruiseñores, permanentes escritores de un epistolario antiguo que contaba los secretos amatorios. Los pájaros, la pajarería mágica y canora, son la corte de los milagros de cada primavera. El mundo se despereza, se renueva, enseña la mejor de sus caras, la más amable e instala su decorado colgado de las tardes que se dilatan y de los amaneceres que se aguardan. Marzo recién inaugurado es su pórtico y abril y mayo su consagración. Ya anda en coplas la nueva primavera, la de los colores pintados en el paisaje, la de los pájaros que han venido para quedarse y especialmente la que anida, como un milagro que se repite cada año, en el corazón de los hombres.