Durante el año que pasé estudiando preuniversitario en el Instituto masculino de A Coruña, hoy Salvador de Madariaga, llegó como lector de inglés un joven pelirrojo dublinés. Gracias al proselitismo nacionalista de este profesor, del que nunca más volví a tener noticia, conocí a poetas tan fundamentales como Yeats o Joyce. Aquel muchacho, pocos años mayor que nosotros, era un entusiasta lector del Ulysses. Desde entonces lo he leído varias veces, pero nunca de principio a fin, sino como se lee un libro de poemas: saltando de atrás adelante y viceversa. Mi devoción por el autor no ha dejado de crecer tanto por su poesía como por su narrativa. El teatro me interesa menos. No lo considero menor, sino un género en el que ¿a excepción de los clásicos¿ me resulta difícil concentrar la atención. Las biografías sobre el autor de Finnegan¿s Wake ocupan un importante espacio en mi biblioteca. La más voluminosa y completa es quizás la de Richard Ellemann. Estas otras dos que acabo de leer son también muy sobresalientes. Una está escrita por la novelista Edna O¿Brien (Mondadori), y la otra por el hermano del escritor, Stanislaus (Adriana Hidalgo editora. Córdoba. Argentina). La primera es el análisis de un autor sobre otro. Está muy bien documentada, desarrolla opiniones inteligentes y demuestra habérselo leído a fondo. La segunda es un testimonio excepcional. Todos los biógrafos citan la obra del hermano cainita , pero yo no había podido leerla hasta ahora . El título del libro en inglés es My Brother¿s Keeper, literalmente El guardian de mi hermano. Stanislaus Joyce (1884-1955), era tres años menor que James. Cuando éste se fue a vivir a Trieste, su hermano le siguió a este puerto aún en poder del imperio austrohúngaro. Debido a sus ideas liberales y progresistas fue encarcelado por los austríacos. Lo mismo hizo después con él Mussolini. Casi toda su vida la pasó en Trieste como profesor de la Universidad. En Mi hermano James Joyce, unas memorias que dejó inacabadas, nos describe la vida familiar, la niñez y la juventud del escritor. Todos los biógrafos coinciden en que Stanislaus le tenía cierta envidia literaria a su hermano, de ahí algunos comentarios en su contra. Yo he leído estas páginas con sumo cuidado y no es cierto. Quizás a veces se expresa rudamente, pero es que la vida familiar de los Joyce fue terrible. Tenían un padre pendenciero y borrachín, una madre maltratada por su cónyuge y sacrificada a los varios hijos, algunos de los cuales murieron a temprana edad. Satanislaus está de parte de la madre, mientras que James idolatraba al padre. «Las dos pasiones dominantes de la vida de mi hermano fueron ser amado por su padre y por su patria». La familia Joyce estaba siempre llena de deudas y en permanente nomadismo debido al impago de los alquileres. La madre trabajó denodamente por sacar a flote a sus hijos y, sin embargo, James la odiaba porque no había comprendido su aventura espiritual. Para el autor de Dublineses, su progenitora representaba lo peor de la mujer irlandesa: cómplice de la Iglesia católica, represora del pensamiento libre y del progresismo. La insultaba llamándole «La fregona de la Cristiandad». Stanislaus fue más comprensivo y humano. Culpa a su padre de todos los males, pero sin ningún espíritu de venganza. Las páginas dedicadas a la muerte de la madre son conmovedoras. Stanislaus aporta pistas sobre aspectos de la realidad ficcionados por su hermano. También aclara su relación con otros escritores irlandeses. Las lecturas de Yeats y de Russell lo acercaron al hermetismo y a la teosofía. James mostró especial interés por los místicos. Su hermano cita a los españoles Miguel de Molinos, san Juan de la Cruz, y santa Teresa de Jesús; a la italiana santa Catalina de Siena; y al alemán Thomas de Kempis. «¿Por qué andas con esos brumosos místicos?», le preguntó Stanislaus. «Me interesan. En mi opinión han pasado por una verdadera experiencia espiritual. Escriben con una sutileza que no encuentro en las novelas psicológicas», le contestó James. La repentina muerte de Stanislaus dejó inacabado este libro circunscrito únicamente a ese período inicial de aprendizaje. Es una lástima, pues además de enseñarnos aspectos desconocidos de la personalidad del autor del Uly-ses, es una obra muy bien escrita. Así lo atestigua el prefacio que le puso T. S. Eliot. La labor y la personalidad de James la define muy bien su hermano en este comentario: «...tuvo la ventaja adicional de ser desgraciado en un país desgraciado. La infelicidad fue como un vicio que lo forzaba a valerse de la experiencia directa o a refugiarse en los sueños. No era posible ningún compromiso consolador». Como Eliot me he sentido fascinado y sorprendido por la personalidad de este hombre seguro, valiente y severo, que fue una víctima de emociones encontradas de cariño, admiración y rivalidad, y que contempló a su hermano con una mirada de asombrosa lucidez. Stanislaus sólo escribió este libro.