Galicia es excedentaria en infraestructuras. Lo ha dicho el alcalde de Santiago, Xosé Antonio Sánchez Bugallo. A Vigo y A Coruña le sobran los aeropuertos. Propuesta que, de no venir del regidor de la capital de Galicia, merecería figurar en la antología del disparate. Sánchez Bugallo vive en otro país. Si lo hiciese en éste sabría que, precisamente, las comunicaciones son nuestra gran asignatura pendiente. Sabría que el tren gallego más rápido iguala al de Camerún en velocidad media. Que países como Tailandia, Gabón, Argelia e Irán disfrutan de ferrocarriles más veloces que los que circulan por nuestra geografía. Sabría que aún mantenemos pendiente el enlace por autovía con Madrid. Y que algunas de las vías por las que nos vemos obligados a circular los gallegos tienen la mayor siniestrabilidad de Europa. La propuesta de Bugallo va contra toda lógica. Pero confirma que aquí no luchamos para obtener mejoras. Lo hacemos para debilitar al amigo. Para que los otros no tengan lo que yo tengo. Como acostumbran a hacer los niños. La reprobación de Fraga y su llamamiento a defender los tres aeropuertos es también inútil por innecesaria. Se entiende que en una sociedad que aspira a ser moderna, este tipo de llamamientos a sus líderes pone en evidencia su absoluta ceguera y falta de responsabilidad. Ha acertado el alcalde coruñés en no darle categoría de debate. Contaba Castelao la historia del barbero que se quedaba pensando absorto y cuando se le preguntaba el porqué de su postura respondía ufano: «Estoy profundizando». Sánchez Bugallo también estuvo profundizando. Demasiado. Debería de hacerlo menos y leer más los periódicos. Además de encontrarse con la realidad del país, en alguna de sus páginas hallaría aquél proverbio árabe que dice que «no abras los labios ni no estás seguro de que lo que vas a decir es más hermoso que el silencio».