UN AÑO DE SHARON

La Voz

OPINIÓN

27 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

En febrero del 2001, una coalición de la extrema derecha y el partido laborista ganó las elecciones legislativas en Israel. El general Sharon, jefe del partido de derechas Likud, fue elegido primer ministro al aprobar la mayoría de los electores su programa basado en el lema «Paz y seguridad». De este modo reaccionó el electorado, víctima del miedo por la nueva intifada y las promesas demagógicas de un general cuya principal carta de presentación consistía en haber presidido las cruentas matanzas de Sabra y Chatila. Al cabo de un año de bombardeos, de asesinatos y de campos de concentración en los que han sido agrupados los palestinos, la guerra desencadenada por el general no aportó ni la seguridad ni la paz. Al contrario, Israel ha vivido uno de los peores años de su historia: más de 150 muertos en los doce meses. Cada respuesta, brutal, que emprende el ejército contra los palestinos engendra otra operación de éstos y nuevos candidatos al suicidio. La posición internacional de Israel se debilita: Rusia, la Unión Europea y China condenan los actos de violencias de Tel Aviv, e incluso recientemente el presidente Bush se negó a romper los lazos con Arafat, como le pedía Sharon. Y peor aún, si cabe: el desempleo ha alcanzado 10%, el crecimiento económico arroja índices negativos y muchos israelíes se quejan de una guerra cuyo único objetivo consiste, según piensan, en proteger a los colonos instalados en el territorio palestino contra todas las decisiones de la ONU. Numerosos comerciantes (modas, restaurantes, turismo, etc.) cierran sus puertas; se calcula que las pérdidas del años pasado en la industria se eleva a los mil millones de dólares y los cálculos para este año se presentan aún más catastróficos. Cierto es que la mayoría de los ciudadanos aprueban la política guerra de Sharon, pero ya muchos empiezan a dudar de su sentido político. «Los ataque de represalias por parte de Israel con contraproducentes», llego a declarar esta semana el portavoz del Departamente de Estado americano, Richard Boucher. Voces de intelectuales y políticos, como el ex ministro Ben Yaïr, se alzan para detener esta caía en el infierno, con el fin de... salvar el sionismo. «El ideal sionista nunca consistió en dominar o en aplastar a otro pueblo. Estamos cometiendo crímenes que ultrajan el derecho internacional y la moral política. Sólo abandonando los territorios conquistados en 1967alcanzaremos la paz». Un grupo de diez soldados y oficiales días atrás se negó a efectuar labores rutinarias de represión que consideran degradantes para la moral, y en una semana su número ascendió a 258. Al mismo tiempo, y mucho más radicales que Sharon, ante el peligro que le atribuyen a la demografía galopante en favor de los palestinos (ahora representan el 20% de la población, su tasa de natalidad es infinitamente mayor que el de los israelíes y en pocos años se convertirán en aplastante mayoría) algunos miembros del gobierno, como Benyamin Leon, preconizan ni más ni menos que la deportación de todos los árabes que viven en Israel. Esta capa de la opinión empieza a organizarse en una Coalición para la paz, cuya sede se instaló en Jerusalén. A ella se debe la manifestación que acaba de reunir unas seis mil personas en Tel Aviv. Reclaman una reanudación inmediata del diálogo con Arafat y preconizan «la creación de dos Estados con Jerusalén como capital de ambos, y la destrucción de las colonias impuestas en los territorios palestinos». Esto es lo que más le duele a los israelíes medios, a los que acudieron a este país en busca de bienestar, como los rusos, que ya suman uno por cada cinco habitantes. Sale muy caro: ventajas fiscales, construcción de infraestructuras especiales, transportes públicos subvencionados, ayuda escolar gratuita, ayudas a la agricultura y a la industria, omnipresencia del ejército. Se calcula que la inversión del erario público por habitante de las colonias es el triple del de Israel. De modo que el primer paso hacia la paz consistiría en suprimir las colonias implantadas en tierras palestinas, que se asemeja a una ocupación militar. «En lugar de conceder tantas ventajas a los colonos, el gobierno debería construir viviendas en Israel», escribe el diario Haarezt. Aunque sea por consideraciones de orden material, hay que felicitarse de que se encienda una luz de paz en aquellas tierras.