VIEJOS

La Voz

OPINIÓN

RAMÓN PERNAS

26 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Ser viejo es un estado de ánimo. Estar viejo, una ofensa, un insulto sólo comparable con escuchar a alguien que te dice qué bien estás, o no has cambiado nada, que como bien se sabe es un síntoma inequívoco de decrepitud. Hoy esta colaboración va de viejos, que es una circunstancia que sólo se conquista con la edad. Es un estadio superior, un hito en la carrera de obstáculos que es la vida. En estos días de sol fresco y madrugador los parques urbanos se llenan de viejos. Son generalmente solitarios que se agrupan en silencio y en silencios. Adoptan una actitud contemplativa como de ausencias y se quedan solos con su propia historia. Son viejos urbanos, sobrevivientes a la locura cotidiana de la ciudad. Los viejos de los pueblos son distintos. Desde luego, más habladores y comunicativos. Pasean el ocio y beben el vino de las tabernas . Han envejecido viendo crecer al pueblo y a todos sus habitantes. Los viejos de los pueblos son el rango superior de la pirámide social. Este otoño-invierno se han ido muchos con el frío seco y las heladas que llegaron tempraneras. Generalmente son hombres solos y solitarios, en un país de viudas como éste a mí se me antojaba que la mayoría estaban viudos. Un día pregunté a un grupo y me contestaron casi al unísono que estaban felizmente casados y que sus mujeres estaban enredando con las cosas de la cocina. Les debía este artículo, porque ellos están en mi paisaje y en mis afectos, y porque dentro de nada, yo también seré un firme candidato al oficio de viejo, al de ser y al de estar. Será, si tengo la fortuna de llegar algún día, una dulce y llevadera tarea porque yo voy a ser un anciano del pueblo y de la ciudad, de bulla y de silencios, de adioses y de abrazos. Mientras tanto, que Dios siga repartiendo primaveras y poblando de viejos todos los parques.