UN GIRO DE 360 GRADOS

La Voz

OPINIÓN

21 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Mirar hacia atrás no suele resultar en política de mucha utilidad. Y ello porque los políticos de oficio cambian de opinión con la misma facilidad con que las personas aseadas cambiamos de camisa: sin encomendarse ni a Dios ni a ninguno de sus santos. Si el político en cuestión lleva además en activo más de medio siglo, pues mirar hacia atrás resulta ya temeridad. Eso sucede con Manuel Fraga Iribarne. Es suficiente con leer los diarios de sesiones de las Cortes que elaboraron la Constitución que hoy rige la vida política española, para caer en la cuenta del salto inmenso que media entre lo que entonces decía el líder de Alianza Popular y lo que hoy dice el presidente de la Xunta. Muy bien, ¿y qué? Entiéndanme. Digo ¿y qué? no porque a mí no me parezca, como a ustedes, algo alucinante que hombres hechos y derechos puedan experimentar conversiones de tal envergadura, sino porque creo que constatada tal sorpresa, la cosa ya no da mucho de sí. Por eso, lo verdaderamente relevante no es si Fraga dice hoy cosas muy distintas de las que decía hace quince o veinte años -que las dice, ¡vaya si las dice!- sino si lo que hoy sostiene es sensato o insensato, y si es leal o desleal con lo que defiende su partido. No parece, en estos términos, que postular que el Senado debe ser reformado en un sentido federal y defender que las comunidades autónomas deban tener algún tipo de presencia en los foros europeos sea, en sí mismo, una insensatez. Creo -es cierto- que lo primero resulta mucho más complejo de lo que suele afirmarse normalmente; y que lo segundo plantea problemas que, por graves, suelen obviarse de antemano. Pero nadie podrá decir, salvo un sectario radical, que plantear lo que hoy plantea el presidente de la Xunta sea insensato. ¿Es desleal con su partido? ¡Ah, caray, eso es distinto! Y lo es porque el debate territorial en el que hoy andamos enredados ha sido planteado por la oposición nacionalista y socialista como un claro reto a las posiciones del Partido Popular, al que, como es lógico y normal, sus competidores quieren sacar del burladero que le garantiza su confortable mayoría, para llevarlo, a costa de la cosa del Senado y la cosa de la presencia en los foros europeos, a torear a pecho descubierto en medio de la plaza. Es fácil comprender, en consecuencia, el cabreo de los parciales del líder gallego del PP. Más fácil, de hecho, que entender los motivos de este último para sostener su desafío. Salvo, claro, que presumamos que Fraga quiere estar hoy en donde siempre: en el poder. Visto desde esa perspectiva, su giro copernicano no sería de 180 grados, sino, como en el chiste, de 360 nada más.