ROBERTO L. BLANCO VALDÉS EL OJO PÚBLICO
19 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.¿Con qué soñamos los humanos? Con el amor de nuestra vida, la eterna juventud, la fortuna que nos libere del trabajo, el talento, la felicidad de nuestros hijos, la salud de nuestros padres, la alegría o la paz universal. Porque ya puestos a soñar, ¿por qué no hacerlo de verdad? Hay humanos que sueñan, sin embargo, con grúas, excavadoras, sacos de cemento y vigas de hormigón. Son los inhumanos: los que, soñando y soñando, han destrozado este país. Porque este país está literalmente destrozado. ¡Es como Beirut! Eso me decía no hace mucho un buen amigo que se enfrentaba por primera vez a la durísima experiencia de pasearse por Galicia: ¡Es como Beirut! Exactamente. De hecho, cuesta creer que una geografía que parecía estar preparada para hacer frente a casi todo haya acabado sucumbiendo a la acción depredadora de quienes han tirado, construido, desmontado, desecado, excavado, rellenado, talado, replantado, recalificado, urbanizado, quemado y asfaltado. De quienes se han enfrentado al territorio en el que viven con la única intención, consciente o inconsciente, de arrasarlo. Y ahora va la Xunta de Galicia y paraliza las licencias en un pequeño municipio coruñés, en el de Teo, que tras presentar durante años un aspecto similar al del sitio de Verdún, semeja ahora un pueblo del oeste a medio camino entre Kabul y Liliput. ¡A buenas horas, mangas verdes! En lugar de paralizar permisos y licencias, la Xunta debería optar por rentabilizar en condiciones el sobrecogedor desaguisado que ha tolerado -o impulsado- durante sus muchos años de gobierno. ¿No tienen un sambódromo en Río de Janeiro? ¡Pues nosotros, un feódromo! O mejor: muchos feódromos, repartidos por todo el territorio de Galicia. O mejor aún: uno inmenso, que podría, serpenteándolo, recorrer el país de norte a sur y de este a oeste, y en el que, al contrario de lo que sucede en el sambódromo de Río, no serían los disfrazados los que se pasean ante el público, sino el público el que visitaría este antroido de país, que podemos enseñar, para vergüenza nuestra, al mundo entero. Manuel Fraga ha sido el único político que, a lo largo de todo el siglo XX, ha tenido en Galicia la oportunidad y los instrumentos necesarios para hacer frente a este desastre: él ha gobernado, con un poder inmenso y una legitimidad indiscutible, un país plenamente democrático y autónomo. Pero todo ello no le ha servido para nada. Porque no ha querido, no ha podido o no ha sabido, el país que nos deja es, en este ámbito, peor que el que asumió hace más de doce años. Por encima de cualquier otra, esa será su gran responsabilidad para la historia.