FÁTIMA

La Voz

OPINIÓN

Todos satisfechos. Fátima ha vuelto a las aulas. Su padre se ha salido con la suya. El consejero de Educación madrileño ha impuesto su autoridad. Y España ha dado un ejemplo de tolerancia y convivencia. Pues no. Una vez más hemos hecho el ridículo. Como habitualmente, cuando queremos sacudirnos esa mala conciencia que tenemos de pertenecer a una sociedad racista. Lo menos importante es que Fátima haya entrado en el instituto ataviada con el pañuelo islámico o hiyab. Como si va en traje de baño. Lo grave es lo que se esconde detrás de esa actitud de un padre cerril y fanático que obliga a su hija a seguir la tradición de una sociedad y una cultura en las que la mujer es esclava y prisionera de la superioridad masculina. De una sociedad que rechaza a la mujer libre por el mero hecho de ser mujer. Porque, no nos engañemos, el hiyad es la expresión visible de la discriminación y el sometimiento. Tan curioso resultó ver a la directora de un centro religioso, tocada por el velo de su congregación, impedir la entrada de la niña en sus aulas, como al padre defender el uso del hiyad vestido a la usanza occidental. Y es que el cinismo y la incongruencia no tienen límites. España ha tenido la oportunidad de liberar a Fátima de las cadenas de la esclavitud. De salvarla del machismo, de la marginación, de la discriminación y de la humillación. Pero no lo ha hecho porque fuimos incapaces de ir más allá en el análisis. Y nos hemos quedado en el debate del velo, mientras el padre imponía sus principios medievales. Fátima no estudiará determinadas asignaturas, no irá a clases los días que tenga que cumplir con los preceptos de su religión y, a buen seguro, pronto abandonará el colegio para casarse con quien él ordene. Si creemos que porque consentimos que Fátima vista el hiyab hemos dado un ejemplo de respeto, es que nos merecemos ni la consideración de ingenuos. Lo que hemos hecho ha sido permitir que siga siendo una esclava. Para el resto de sus días.