En su lucha contra lo que llama el eje del mal, situado según él en Irak, Irán y Corea del Norte, el presidente Bush busca apoyos en Asia. «Los países tienen que decidir si están con nosotros o contra nosotros», ha dicho. Sólo hay dos bandos, al parecer: el Imperio y las naciones adosadas, aunque a distancia, y los otros. El eje del mal es tan antiguo que está oxidado, pero la organización del terrorismo sí es un fenómeno nuevo. Los terroristas de antes iban por libre hasta que los metían en la cárcel. A lo más que llegaban era a juntarse en pequeños grupos. Tipos aguerridos y fanáticos dispuestos a jugarse la piel para cambiar la piel del mundo. Generalmente sus sanguinarias gestiones eran individuales. Iban solos con su bomba, que era una especie de balón de luto, con la mecha ardiendo que algunos utilizaban para encender su último cigarrillo, ya que lo normal era que muriesen en el intento de aniquilar a alguien para mejorar a los demás. Las cosas han cambiado radicalmente y ahora se habla de ciberterrorismo. Es el trayecto que va de Mateo Morral a Bin Laden. Por eso Bush pretende ahora limitar la difusión de las informaciones científicas que puedan ser utilizadas por los terroristas para la fabricación de armas y para la elección de objetivos. A los investigadores les ha sentado mal la medida. Creen que «mina los fundamentos de la ciencia», pero ya han sido retirados miles de documentos técnicos disponibles en Internet. Los datos recogidos sobre gérmenes, bacterias y otros malditos agentes infecciosos serán secretos. El problema estriba en encontrar el modo de guardar los secretos. «Tu secreto es tu esclavo, pero si lo dejas escapar será tu amo». Está claro que para lograr que un secreto lo sea realmente tiene que custodiarlo una sola persona. No sé quién dijo que también puede mantenerse entre tres, a condición de que dos de ellas estén muertas. Lo que pretende Bush es imposible. Las paredes oyen y las piedras hablan.