EL SIGLO DE VÍCTOR HUGO

La Voz

OPINIÓN

RAMÓN CHAO DESDE MI OTERO

08 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

El 26 de febrero de 1802 nace Víctor Hugo en Besançon, uno de los personajes más importantes de la historia. Eso es lo que importa recalcar de este personaje, más allá de sus obras capitales que se reeditan ahora, así como se celebran coloquios y se representa su teatro. ¿Qué pensaría él de esto, que detestaba los aniversarios. «Condeno -escribió- las manifestaciones sin espontaneidad, previstas, arregladas de antemano, ceremonias que crean una especie de religión con sus fiestas anuales, transformando la República en un pontificado soporífero». De modo que la grandeza de Víctor Hugo no emana de sus versos ni de sus escritos, pues al fin y al cabo puede ser que Balzac fuera mejor novelista que él, hay quien en poesía prefiere a Beaudelaire y su teatro no puede rivalizar con el de Racine o Molière; se debe a la repercusión enorme que tuvieron sus posiciones morales, explayadas en particular en Los Miserables. Con las doce mil páginas de su obra se ha convertido en una referencia universal, que no todos han leído. Muchos sí: Baste recordar que Índira Gandhi declaró que había descubierto la miseria, no viajando por India, que le hubiera sido fácil, sino con la lectura de Los Miserables; y un tal José Djugachivili fue condenado a prisión en 1896, antes de llamarse Stalin, por tener en su casa Los trabajadores del mar. Como gran poeta, intuía lo que no presiente el común de los mortales. En el preciso momento en que Europa se une en torno a ese becerro de oro que es la moneda única, y desaparecen los billetes de francos que llevan su efigie, no podemos sino sobrecogernos ante la profecía de quien hace más de cien años auguraba «una moneda continental que servirá en toda Europa, y de motor para la actividad de doscientos millones de hombres; una sola moneda, única, que substituirá a todas las absurdas variedades de monedas». Versátil en política, empezó siendo monárquico acérrimo. Elegido diputado por la derecha en 1850, votó siempre en favor de la izquierda, para convertirse al fin en defensor apasionado del pueblo y en enemigo radical de la pena de muerte: «¿De verdad creen ustedes en serio -dijo- que dan un buen ejemplo cuando decapitan a un pobre hombre en las afueras de la capital? ¿Y qué les parece este acto de fe, que reivindicarían los antimundialistas reunidos en Porto Alegre, para los cuales otro mundo es posible?: Pienso y afirmo que se puede acabar con la miseria. No digo reducirla ni limitarla, sino destruirla. Se trata de una enfermedad del cuerpo social, como la lepra es una enfermedad del cuerpo, puede desaparecer, igual que desapareció la lepra». En 1851 hubo de exiliarse por haberse opuesto al golpe de estado de Luis Bonaparte, a quien antes había defendido, y que permanece en la historia con el mote de Napoleón el pequeño que le puso. Pudo haberse instalado en Londres o en Bruselas, pero no: eligió la isla de Jersey, batida por el viento y las olas, donde permaneció 18 años mientras el rey no se marchara, «solitario y solidario». Se forja una imagen de proscrito patético, rechaza el perdón real y sueña en convertirse en el Mesías de los tiempos modernos para lanzar su Evangelio. En él Dios se llamaría Democracia; Jesucristo, Pueblo; y él sería el Espíritu Santo. Se dedica a su apostolado con vigor e ingenuidad, pero también con una constancia que inspira respeto. Al volver a París le espera la gloria: la calle en la que vivía se convierte oficialmente en Avenida Víctor Hugo y es elegido en el Senado, donde pronuncia un discurso memorable sobre el tratamiento que preconizaba para los sublevados de la Comuna, una rebelión que había provocado miles de muertos en París; un discurso que debería de hacer reflexionar a los que sufrimos las consecuencias de luchas entre fraticidas: «La guerra civil es una falta. ¿Quién la cometió primero? Todos y nadie. Y para limpiar una gran falta se necesita un gran perdón. Este gran perdón es la amnistía». Su muerte fue un acontecimiento único en la historia de Francia. Más de un millón de personas acompañaron el féretro, desde su domicilio, pasando por el Arco de Triunfo, hasta el Panteón de los Hombres Ilustres, abierto de nuevo especialmente para él. El joven poeta que en 1825 cantaba loores a la Monarquía, y el católico practicante se había convertido en el símbolo de la República laica.