CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO
08 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Homer Parrish, el personaje mutilado en el filme de William Wyler Los mejores años de nuestra vida (1946), en el mundo real, Harold Russell, acaba de fallecer a los ochenta y ocho años de edad en Needham (Massachusetts). En el año 1944, estando en el ejército USA, perdió las dos manos cuando manejaba una carga de dinamita en Camp Mackall, Carolina del Norte. Russell las sustituyó por dos ganchos. Para ejemplo de los soldados, fue elegido protagonista del documental Diario de un sargento, en donde se contaba la rehabilitación de un mutilado de guerra. El productor Sam Goldwyn vio la cinta y le pidió al protagonista que se interpretara a sí mismo en la que iba a dirigir Wyler. Russell, a pesar de ser un actor aficionado frente a profesionales como Fredric March (Oscar al mejor actor, uno de entre los siete que obtuvo la película), Myrna Loy, Dana Andrews, Virginia Mayo o Teresa Wright, interpretó magistralmente algunas de las escenas más emotivas de la historia del cine. Por ejemplo, aquélla en donde el padre lo ayuda a desnudarse; o la otra cuando los novios en penumbra entablan un diálogo definitivo. «Voy a ir arriba a acostarme. Quiero que vengas conmigo y veas con tus propios ojos lo que pasa allí», le dice Homer. «Lo que tú quieras», le contesta Wilma (la por aquel entonces debutante Cathy OïDonnell) segura de la infalibilidad de su amor. Homer inicia el duro ritual de quitarse la bata y, antes de que le ayude a ponerse el pijama para después echarse en la cama, le pide a ella que le desate los correajes que le unen los garfios con los muñones de los codos. Wilma los va desabrochando lentamente. Cuando los tiene libres, sujetos entre sus propias manos, muestra en el rostro el mismo sentimiento de calor y afecto como si realmente estuviera siendo abrazada por las otras carnosas perdidas por el novio. «Ahora es cuando estoy indefenso, mis manos están encima de la cama, no puedo volver a ponerlas sin llamar a alguien que me ayude», dice el novio desesperado. Pero Wilma no se inmuta, no escapa despavorida ante el espectáculo desolador. Al contrario, le coloca el pijama, le arregla el cuello y se abraza a él. ¿Cómo será el amor sin manos, sin tacto? Las yemas de los dedos, las huellas dactilares son el hilo conductor de la lujuria, aquella sobre la que Shakespeare compuso un soneto (el número 129) al que pertenecen estos últimos versos: «Locura es perseguirla,/ locura poseerla;/ sin tenerla, teniéndola y ansiándola, excesiva;/ una gloria el probarla; probada, dolor cierto;/ antes, gozo ofrecido; después, sueño tan sólo:/ Esto lo sabe el mundo, pero no sabe nadie/ cómo evitar el cielo que nos lleva a ese infierno». Homer y Wilma están posesos del amor espiritual, de la piedad. A Russell-Homer, ¿lo habrán enterrado con esos dos garfios que conformaron su nueva personalidad? ¿Lo habrán mutilado de nuevo para subastarlos o exhibirlos junto al Oscar (tuvo que venderlo aunque le quedó el otro obtenido por la labor benéfica dispensada a los veteranos de guerra) que ganó gracias a su desgracia? ¿A dónde habrán ido a parar los ganchos-brazos? Como elementos consustanciales de Russell tendrían que acompañarlo a la tumba. ¿Alguien se hubiera atrevido a arrancarle los verdaderos? ¿No lo eran acaso también estos postizos? Los ganchos devinieron en propia carne y deberían integrar la totalidad de sus despojos. Aquel cuero lo comerán igualmente los gusanos y el óxido trepanará los fríos hierros igual que si fueran sus huesos o el rostro tan frágil de la fama. Wyler, basándose en una novela de Mackinlay Kantor, en un guión de Robert E. Sherwood y con una música no menos excepcional de Hugo Friedhofer, dirigió esta obra maestra, una tragicomedia de tintes clásicos. La épica canta las hazañas de los guerreros, mientras a la lírica le queda el difícil papel de consolarlos en el retorno, ante el desdén de quienes no los esperaban. Dana Andrews, Fred en Los mejores años de nuestra vida, es Odiseo y Agamenón. Su paseo por el cementerio de aviones de caza que están siendo desguazados para construir con estos despojos históricos casas prefabricadas, es el mismo paisaje con el que debieron encontrarse los arquetipos homéricos. Fred, un ángel caído, vuelve a meterse en el vientre metálico del avión, en el vientre de madera del caballo de Troya. Todos han quedado abandonados a su suerte. Homer o Harold acaban de morir. También los mejores años de mi vida están pasando sin que yo pueda hacer algo para detenerlos. «Llegados a cierto momento, descubrimos que nuestros días transcurren tanto en compañía de los muertos como de los vivos», escribe Paul Auster en A salto de mata. Y yo añado, los muertos reales y los de ficción.