LAMARTINE EN EUSKADI

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

03 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Como en los versos de Quevedo, esconderla sería necedad. Alguien tiene, en consecuencia, que decirla. Sí, por los que sufren y por los que, desgraciadamente, van a seguir sufriendo en el futuro, alguien ha de levantar la voz y decir, alto y claro, la verdad. Y la verdad es que sin libertad no hay democracia. La verdad es que el constante goteo de concejales que en Euskadi huyen aterrados confirma rotundamente que en los municipios vascos no se dan hoy las condiciones para ejercer en libertad los derechos democráticos de candidatos y electores. La durísima verdad es que en un territorio donde hay miles de personas muertas de miedo por el miedo a morir asesinadas, los partidos democráticos deberían llevar mucho tiempo discutiendo si pueden ser legales, y legítimas, unas elecciones a las que miles de conciudadanos no concurrirán por estar amenazados. En realidad, tal cosa no llegaría siquiera a plantearse si los amenazados fueran los concejales peneuvistas. ¿Se imaginan a Arzalluz, que llama Franquito al presidente del Gobierno sólo porque difiere de su política autonómica, teniendo que soportar que sus correligionarios fueran perseguidos como perros por un grupo criminal españolista que defendiera la unidad sacrosanta de la patria? ¿Qué piensan que harían Garaikoetxea o Ibarretxe si el PSOE y el PP contemplasen impertérritos como sus concejales son expulsados, acusados de separatistas, a golpe de pistola? ¿Se lo imaginan? ¡Claro que se lo imaginan! Pues ustedes saben, como yo, como lo sabe todo el mundo, que si los perseguidos fueran los nacionalistas vascos, es decir, los que hoy se callan porque los perseguidos son los otros -los de fuera- hace mucho que en Euskadi se habría puesto encima de la mesa la cuestión central que, incomprensiblemente, ha acabado por convertirse en un tabú: la de que el sistema democrático no puede funcionar donde miles de ciudadanos carecen de seguridad para ejercer su libertad. Por eso, si las cosas siguen como están, y si, finalmente, el PSOE y el PP se vieran forzados a no presentar candidaturas en los pueblos vascos donde competir como candidato no nacionalista es una heroicidad, las elecciones resultantes de ese escándalo no serían jamás unas elecciones democráticas. Y por eso el nacionalismo no violento tiene ahora la palabra: porque cuando es la libertad lo que está en juego no puede haber diferencia de opiniones entre todos los que dicen defenderla. «Yo soy de la opinión de los que son perseguidos»: ese juicio del político y poeta Alphonse de Lamartine resume bien cual es la línea que separa hoy en Euskadi la decencia y la indecencia.