EL DEBATE DE LA CLONACIÓN

La Voz

OPINIÓN

JUAN FERREIRO PROFESOR TITULAR DE DERECHO

28 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

En los debates sobre temas novedosos, la ansiedad por pronunciarse suele situar al opinante apresurado en la pendiente inclinada de la simplificación por la que se suele deslizar hasta chapotear en la charca de los lugares comunes. Nadie en su sano juicio puede pretender excluir los planteamientos éticos del debate que gira en torno a los retos de la bioética. Pero, de la misma manera, necio es pretender enfrentarse con solvencia a esos interrogantes sin una mínima información que, sopesada con sosiego, puede ser decisiva para modificar planteamientos éticos presuntamente irrefutables. Todavía subsiste la confusión entre los conceptos clonación humana y clonación terapéutica. La primera, tiene un antecedente feliz en el mundo animal: la creación de la oveja Dolly, a finales de 1997. La aplicación práctica de esta técnica a los seres humanos -todavía hipótesis de ciencia ficción- es hoy rechazada de plano por la mayor parte de la comunidad científica que esgrime razones morales. Respecto a la clonación terapéutica, tomó cuerpo en 1988 cuando James Thompson demostró que, con una técnica parecida a la empleada con la oveja Dolly (transferencia nuclear), se podían obtener células madre, capaces de transformarse en tejidos del organismo humano y, por tanto, aptas para regenerar órganos enfermos. El objeto de la clonación terapéutica -base de la nueva medicina regenerativa- no sería pues crear un ser humano clónico sino un tejido humano genéticamente idéntico al del órgano del paciente. No se puede negar que esta técnica exige la manipulación del embrión humano: el núcleo extraído de la célula de un tejido de un paciente se implanta en un óvulo fertilizado al que previamente se le ha extraído su núcleo originario. El óvulo fertilizado comenzará su reprogramación pero no con su núcleo inicial sino con el de la célula del paciente-donante. Al cabo de una semana, de ese embrión incipiente se deberían formar las codiciadas células madre, genéticamente idénticas a la célula dañada del paciente. El pasado mes de diciembre los científicos de la empresa norteamericana Advanced Cell lograron obtener sólo 6 células madre tempranas que apenas vivieron unas horas. El experimento se truncó pues se deseaba que el embrión hubiese continuado dividiéndose hasta formar unas 100 células madre que convenientemente tratadas se habrían convertido en tejidos adultos, aptos para implantarse en el paciente sin peligro de rechazo. Las incógnitas que se ciernen sobre este complejo proceso sólo pueden ser despejadas con la investigación. Pero el estudio se encuentra cuestionado por obstáculos morales, jurídicos y, como no, financieros. Sin pretender adentrarme en el espinoso tema del estatuto del embrión, nadie puede negar su potencial para engendrar un ser humano. Con carácter general, entiendo que la manipulación de embriones, aún con el exclusivo fin de investigar en el ámbito de la medicina generativa, no es moralmente aceptable. Ahora bien, ese límite generalizado quiebra ante un supuesto concreto: si dichas pruebas se hiciesen con embriones condenados a la destrucción. Las clínicas de reproducción asistida españolas no saben qué hacer con 40.000 embriones congelados sobrantes. La Ley de 1988 prohíbe implantarlos en una mujer una vez transcurridos cinco años. Por tanto, el permiso solicitado por la Comisión Nacional de Reproducción Asistida para investigar con los 6.000 embriones que llevan congelados más de un lustro, evitando así su destrucción, puede ser una alternativa jurídica y moralmente válida. El problema financiero es otra historia...