XERARDO ESTÉVEZ
26 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Hace unos días tuve la oportunidad de recorrer Barcelona desde la montaña hasta el mar. En la falda del Tibidabo las nuevas rondas abrazan partes de la ciudad jardín de finales del siglo XIX con los antiguos núcleos de Sarriá y Gracia. El espléndido Ensanche de Ildefonso Cerdà, muy transformado respecto a su concepción original, conserva una gran calidad ambiental. La Ciutat Vella ha sido recientemente sometida a operaciones de gran calado -algunas ciertamente opinables-, pero en general mantiene su encanto peculiar. A través de la Rambla desembocamos en el Mediterráneo y encontramos el gran artefacto del Maremagnum, siempre lleno de animación. La Barceloneta ha revivido también, y es un placer recorrer desde aquí el paseo de la playa hasta la Vila Olímpica, la gran operación habitacional que dejó la Olimpiada de 1992. Hay muchas cosas que gustan en esta ciudad refinada, además del clima. Barcelona dispone de un proyecto urbano que siempre va por delante. Inconformista con lo que ha conseguido, no se duerme en los laureles y cada día se plantea nuevos objetivos. Ya llevan unos años diseñando la operación de 2004, la ciudad del conocimiento, con nuevas infraestructuras y equipamientos y mucha cultura. Es destacable el interés que se da a la cultura y la educación y a su relación con lo urbanístico y lo estético, la combinación entre la innovación de formas urbanas y arquitectónicas y la conservación del patrimonio. Además, Barcelona es, entre las ciudades españolas, la que mejor dialoga con las grandes urbes del mundo. En buena medida, es una ciudad diplomática. Pero, claro, no todo es perfecto. Al promocionarse tanto y ser capital autonómica, es una ciudad imán y de ello se derivan problemas: el turismo masivo, la concentración del ocio, el entorno metropolitano, el trabajo... Estos problemas se manifiestan principalmente en tráfico, vivienda e inmigración. El tráfico es el azote de nuestro tiempo y no va a tener solución si no se da un giro copernicano, adoptando medidas educadoras tendentes más bien a racionalizar el tráfico -es decir, el uso ordenado del espacio por horas y por días-, que a la construcción de nuevas infraestructuras viarias. La vivienda es y será siempre un problema en una ciudad pujante como Barcelona, o como Madrid, San Sebastián, A Coruña o Santiago de Compostela, por citar algunas. En ellas, todos, promotores, constructores, propietarios de suelo o pisos, inversores, apuestan por la centralidad, y la vivienda se encarece día a día porque el mercado inmobiliario tiende a calentarse. En Barcelona, igual que en Madrid, la emigración suburbana en busca de vivienda asequible llega hasta el segundo cinturón urbano, a más de 30 km del centro, porque ya es cara en el entorno metropolitano inmediato. La inmigración es la prueba de fuego de las grandes ciudades, donde la gradual disminución de la población urbana va acompañada de un paulatino incremento de la presencia extranjera. Ante ella tienen que demostrar su capacidad de generar la convivencia dando dos pasos de aproximación recíproca: la disposición a acoger y compartir junto al esfuerzo de adaptación de los que llegan. Creo que en Barcelona se está enfocando bien esta problemática a través de dos mecanismos. Por un lado, políticas metropolitanas que vinculen en las cargas y beneficios a los municipios del entorno, que disfrutan de los servicios de la capital mientras ésta pierde de momento población -y, por lo tanto, fiscalidad-, desarrollando programas sectoriales costeados y disfrutados por todos. Por otra parte, la carta o estatuto especial va a permitir a la ciudad capital compartir con la administración autonómica y estatal competencias en materia de servicios sociales, seguridad, tráfico, justicia, vivienda, medio ambiente, transporte, etcétera, para dar respuesta a los problemas de la metrópoli y la capital. Esto es ir por delante.