ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
19 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Él mismo lo hubiera dicho así, con aquella habilidad suya intransferible para la palabrota y el dicterio: «Miren como me estoy descojonando». Sí, sí, ustedes diculparán: ¡descojonarse! Eso es lo que, a buen seguro, habría hecho una vez más Camilo José Cela ante el resurgir de la polémica que, inevitablemente, le ha acompañado desde siempre: la de si es un escritor gallego o mandarín. Paco Vázquez, que es el único político en activo de Galicia que se atreve a decir en voz alta lo que piensa, la alimentaba hace tres días tildando de talibán a su tocayo Paco Rodríguez, mandamás del BNG, quien, supuestamente, había negado a Cela la condición de gallego de Galicia. Pero Rodríguez, que dirige con mano de hierro el proceso de puesta al día del discurso benegista, se ha adelantado de inmediato a precisar el exacto contenido de su pensamiento en la materia. Y es que Rodríguez no niega, ¡válgame Dios!, que sea gallego quien ha nacido y ha sido enterrado en Iria Flavia. ¿Cómo hacerlo sin parecer un ignorante? ¡No, señor! Rodríguez cree únicamente que la obra de Cela «no pertenece a la literatura y a la cultura expresadas en la lengua de nuestro país». Y yo me pregunto: ¿De qué país, señor Rodríguez? Puede que del suyo. Sí, en efecto, puede que Cela, Valle-Inclán, la Pardo Bazán, Torrente Ballester, o Julio Camba no pertenezcan al país que el señor Rodríguez tiene en la cabeza: un país que sólo se expresa en una de las dos lenguas de los paisanos que lo habitan. Es ese un país imaginario, de programa electoral, que no coincide, para nada, con el país que puede conocerse con sólo recorrerlo de norte a sur y de este a oeste. La otra Galicia, la de verdad, y no la que la UPG nos prepara en su ensoñación identitaria, no tiene más lengua que la que hablamos quienes gozamos del privilegio de la palabra articulada: por ello, a la altura del año 2002, la auténtica lengua de Galicia son dos lenguas, el castellano y el gallego, tan gallegas, tan de Galicia, la una como la otra. Tal es la realidad para cientos de miles de gallegos, para la inmensa mayoría de los habitantes de un país que, sin problemas, y sin esperar que a nadie venga mañana a normalizarlos para hacerles la puñeta, se expresan en una y otra lengua, pues a ambas las sienten como propias. Y leen en gallego, con placer, porque lo leen en su lengua, A Esmorga, de Eduardo Blanco amor. Y leen en castellano, con placer, porque lo leen en su lengua, La Colmena. Hay, sin embargo, quienes son culturalmente más pequeños, y quieren, depurándolo, delimitar sectariamente el vasto territorio literario de Galicia. ¡Extraña forma de construir una nación esa que consiste en reducirla a la mitad!