PAGAR LAS DEUDAS

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA

18 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Siguiendo la Rue de Seine atravieso el Boulevard St-Germain y al cruzarse de nuevo con la Rue St. Sulpice, ésta cambia de nombre y es ya Tournon. En el número 17 está el piso donde habitó Gerard Philippe, el actor que interpretró magistralmente en el cine a Modigliani y en el teatro a El Cid de Corneille o al Calígula de Camus. Murió allí, en plena gloria, más joven que Roth, a los treinta y siete años de edad, en 1959. Más allá, por el número 27 pasaron el poeta Clément Marot (1496-1544) y Casanova. La calle Tournon acaba muy pronto en la Rue de Vaugirard frente al gran edificio del Senado. Por donde avanzo, la acera finaliza en una pequeña placita. Un poco más arriba está la Place Claudel y el Odeon. En este solar estuvo el Hotel Foyet que lloró Roth. Y frente a él aún sigue en pie el ahora denominado Bar-Hotel Le Tournon, en el mismo número 18. Este inmueble destaca por su pobreza de estilo al lado de los otros edificios de la calle. La fachada es de cemento, sin ningún adorno, lisa y gris. Su aspecto es de una tristeza inusitada. La única nota de color es el toldo rojo chillón del café. Al lado hay una librería. No sé si mantiene el mismo nombre que en los tiempos de Roth, ahora se denomina La poussiére du temps. Entro y trato de comprobar mis pistas pensando que una librería como ésta es el lugar idóneo para averiguar esas cosas. Pero el librero me responde desagradablemente. En la calle me apoyo sobre la puerta del hotel, que se abre sin más. A pesar de que hay un cartel prohibiendo el paso, subo las escaleras hasta el primer rellano. Son de madera, estrechísimas. En ese descansillo hay el siguiente cartel: «Todo visitante de cualquier inquilino está prohibido y significará la expulsión». De pronto escucho cómo la puerta de la calle se bate y unos pasos apresurados inician la ascensión. Sin disponibilidad de escondite me dispongo a recibir al intruso. Es un hombre fuerte con pinta de camionero. Sube exhausto mirando cada escalón. Al levantar la cabeza y verme allí plantado se lleva un susto de muerte. Suelta un -¡Joder! y añade, -¿es usted inquilino del hotel?. -¡No!, le respondo, soy profesor de literatura. Y sin dejarme continuar me señala la salida diciéndome: -Y a mí qué cojones me importa. ¡Váyase inmediatamente!. Insisto a pesar de que el intruso se ha crecido ante mi confesión. -¿En dónde murió el escritor?. -¿Alguien se ha muerto?. Y mientras dice esto hace el signo de los cuernos y toca cuanta madera se encuentra. Como la conversación sube de tono y podría verme rodando por las mismas escaleras por las que tantas veces se desplomó Roth, le comunico que, al día siguiente, vendré a hablar con los dueños. Están de vacaciones. Después de insistir en mi deseo de ver la buhardilla, bajo una compensación económica, uno de ellos busca unas llaves. Subimos a toda prisa y llegamos ante una puerta que abre. El espacio es mínimo, agobiante. Allí está la misma mesa, la misma silla, el mismo camastro. No hay espacio para moverse de pie. Así entiendo como Roth pasaba el día en el bar. Luego me acerco al cementerio de Thiais para visitar su sepultura y la de Celan. Al día siguiente parto hacia Normandía sin haber cumplido mi otro compromiso, acercarme a la capilla de Sainte Marie des Batignolles para visitar y entregar el donativo a Santa Teresa de Lisieux. En la estación de Rouen alquilo un coche. Salgo camino de Caen y, de repente, aparece Lisieux y la imponente basílica de Santa Teresa. Desconocía que fuera normanda. Entonces aparco y me dispongo a cumplir la última promesa en nombre de Joseph y de Andreas. Sólo que en euros.