FAMOSOS

La Voz

OPINIÓN

MANUEL ALCÁNTARA

06 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

En general, nuestro criterio está sujeto a constantes variaciones, ya que no todo el mundo tiene ideas fijas. Ni siquiera todo el mundo tiene ideas. De ahí que los sondeos de opinión sean siempre muy superficiales y, a pesar de esa circunstancia, nunca se toque fondo. No obstante, son significativos. En una valoración de los españoles más famosos ocupan los tres primeros lugares el futbolista Raúl -cómo me gustaría que lo fichara el Málaga-, el juez Garzón -que no quiero que me fiche- y la actriz Penélope Cruz -a la que fiché desde que la vi-. Supongo que si estuvieran vivos Severo Ochoa o Luis Cernuda, no se alteraría la clasificación. (Cuando murió este último, en el año 1961, fui el único que escribió un artículo sobre él). Unas pobres palabras de urgencia a las que titulé «La piedra sin ruiseñor». Fue en el triunfante Ya de la época y me costó mucho trabajo convencer a su director, un hombre muy responsable, pero poco dado a la lírica. Hago este paréntesis porque viene a cuento con lo de la fama, que es la prima de pueblo de la gloria. No hablo de la posteridad, ya que no creo en ella. A la fama se puede llegar como Fleming o como Bin Laden. A ella no le importan los accesos. San Francisco de Asís y Jack «el Destripador» fueron seres humanos bastante diferentes, pero tienen en común su celebridad. Si nos diéramos una vuelta por las hemerotecas, abriéndonos paso entre la hojarasca amarilla encuadernada, comprobaríamos que hay personas inolvidables de las que no conservamos el menor recuerdo. ¿Cómo pudimos ocuparnos tanto de ellos, que ahora no ocupan ningún lugar en nuestra memoria? Hay gentes cuya notoriedad se debe a sus desmanes, que siempre impresionan más que los comportamientos apacibles. Famosísimos fueron el Lute, al que admiré por su regeneración, y el Jarabo, al que admiré porque se cargó a varios usureros. Más recientemente fueron célebres Roldán, el que mandaba en la Benemérita, y Camacho, el que mandaba en Gescartera. Flores pestilentes de un día. Nadie se acordará de ellos cuando pase el tiempo. Tampoco de los que pasaron por el mundo intentando mejorarlo.