BLANCA RIESTRA
05 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.No quiero hablar de las navidades. Aún no sé si la revolución que abanderó Jesús ha fracasado como todos. Que la Navidad es una traición, lo sabemos pero a nadie le importa, ni siquiera al Papa. Caen las bombas, los fabricantes de videojuegos y perfumes se forran y los palestinos festejan entre bombas el fin del Ramadán. Y el pobre Arafat es hombre muerto. Ojeando entre mis libretas de espiral casi todas garabateadas por el medio, con apuntes rarísimos y listas de vocabulario francés, caigo sobre la frase de Raï que inauguró La Canción de las Cerezas. Decía esta canción melancólica: «Candidato al exilio, sea cual sea tu destino tarde o temprano acabarás volviendo al punto de partida». Sobre la misma página figura la siguiente frase: «Hay que hacer las cosas aunque no sirvan para nada». Enciendo un pitillo, el mar de la bahía está picado y tiene un color amargo. Uno siempre tiende a hacer balance cuando el año se termina. Tengo la impresión de que caminamos en redondo. Sé, porque me lo enseñaron en la facultad, que en poesía como en la vida -decía Collot- «el ser esconde al mismo tiempo que se revela» y que «la definición de ser como ocultación y revelación, eclosión y reserva, claro y retención, reposa sobre la comunión entre lo visible y lo invisible, es decir, sobre la estructura de horizonte». En otras palabras, el mundo es un pentagrama que no sabemos leer, en que los opuestos se combinan y lo visible y lo invisible se entremezclan. Los poetas, los verdaderos sabios, dicen que sólo lo marginal, lo que se sale del cuadro de la foto, puede comunicarnos el latido, la esencia pútrida y transfigurada de las cosas. Lorenzo Silva, escritor y amigo, me dijo una noche de verano que la literatura no es más que una alfarería deficiente, que nadie escribe más que vasijas de arcilla que se astillarán y perecerán como todo. Fue en las Crechas en Santiago, lo recuerdo perfectamente, casi llegamos a las manos. Porque no hay matices. Y es que la literatura pertenece a la mecánica celeste, quiero creer que existe una especie de comunión de los santos y que todos nos beneficiamos de la bondad o del heroísmo del vecino -y, ¿quién sabe?, quizás también del heroísmo de Bin Laden si Bin Laden es Joaquín Murrieta, lo sabremos-, de la belleza de los cuadros de Balthus, de la simpatía de Xurxo Souto y del frenesí filantrópico de mi tía Carmiña. Escribir es buscar la belleza entre la mierda pero también es rebeldía, es hacer un inventario de preguntas, de reclamaciones, de sinsentidos, es exigir que te devuelvan el precio que has pagado por vivir, es decirle a los muertos: «Eh, aquí seguimos dándonos de bruces contra los muros, hay penicilina pero estamos tan tristes». Y el muerto te responde con ese cuerpo que no son más que las antenas con las que se comunica con el mundo, desde su placidez o su zozobra y entonces una libélula se posa sobre la ventana y un cúmulo de palabras empieza entrechocar, a zumbar, a gorgojear y echa chispas. Y todo de pronto cobra el hermoso sentido del burdel donde, como decía Cioran, escupe el ruiseñor y donde florecen los lirios.