PESETA

La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA

04 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

La falta de amor que estamos demostrando (a pesar de las apariencias) por nuestra vieja moneda la peseta, en estas horas de su despedida, quizá debiera ser estudiada por algún equipo interdisciplinar de esos que tanto abundan, con presencia de historiadores, economistas, sociólogos, psicólogos, etc. No es normal que, mientras Alemania se viste de luto por la pérdida del marco y Francia lamenta desprenderse del franco, nosotros asistamos al entierro de nuestra anciana peseta (133 años de edad) con una total indiferencia, como si se tratase de algo o alguien por completo ajeno. ¡Pobre peseta! Dejará de existir el próximo 1 de marzo de 2002 y nadie llorará su ausencia. Sin embargo, el estudio de esta indiferencia sería doblemente interesante, porque quizá revelase motivos ocultos del escaso orgullo que mostramos por nuestro pasado. Es como si nos hubiéramos desprendido de otra losa decimonónica y nos dispusiésemos a entrar en un futuro de nuevos ricos con el euro entre los dientes. Nadie quiere recordar las penas y miserias de antaño (tan vinculadas a la pesetiña) y todos nos disponemos a dar carpetazo al asunto. La peseta ha muerto, ¡vivan el euro y el olvido!