VIRIATO
03 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.No hay pared, muro, fachada, estatua, señal de tráfico, mobiliario urbano o pilar de puente, sea de sillares romanos o de hormigón armado de Santiago Calatrava, que esté libre de la pintada. Se ha convertido en la gamberrada por excelencia, en la exaltación del ego y de lo cutre. Nos han pintado España de arriba abajo, pero no precisamente de colores. Las autoridades han claudicado en la batalla y la han perdido en toda regla. Cada año destinan más millones a la limpieza de fachadas y cada año pierden por más distancia frente a las brigadas del aerosol. Atacan las consecuencias pero no los orígenes, y las consecuencias son cada vez mayores. Los jueces, ¡ay nuestra justicia!, pasan olímpicamente ante los jovenzuelos que se ufanan con sus amigos de hacer la pintada más gorda, más veces y en lugares más visibles. Mientras los ayuntamientos limpian por un extremo, los grafiteros ensucian por el otro. Y así cada día y cada noche. Nuestros gobernantes deberían tomar nota de Rudolph Giuliani, ex-alcalde de Nueva York y último hombre del año para Times, que para evitar la delincuencia mayor reprimió la menor, la que empieza por el tirón, el robo de poca monta o la pintada. Y menudo éxito tuvo. La pintada es otra forma de delincuencia que se asocia con el botellón cuando éste pasa de la casta y simple reunión de amigos a la que convierte las calles en basureros, en letrinas pestilentes de orines y vómitos, en campos de batalla con rotura de mobiliario urbano, hogueras en plazas, degradación ambiental y devaluación de los barrios que la padecen. La última encuesta del CIS ya refleja que la inseguridad ciudadana es la tercera preocupación de los españoles, sólo superada por el terrorismo y el paro. Aviso a navegantes.