BENIGNO PRADO
30 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El otro día, cerca del paso de peatones del edificio Conde de Fenosa, en A Coruña, una dama de elegante sobriedad, acompañada de otra más joven, esperaba. Mi mujer, que coincidió con ellas, descubrió de pronto en la espalda de la distinguida señora un gran monigote de papel, prendido con un alfiler. Entonces se aproximó y se lo hizo ver, a lo cual la interpelada contestó, sonriente: «¿Qué le quieres, hija? Son cosas de mis amigas». Pero su acompañante intervino para contar que el monigote lo había hecho y se lo había puesto ella misma, la dama en cuestión, «porque la gente tiene que reír». «La felicito, señora -le dijo mi mujer-. Tiene usted un gran sentido del humor». Ese día hojeé la prensa y topé con las rutinarias desgracias de siempre, excepto alguna que otra viñeta humorística habitual. Tampoco en la calle observé nada ingenioso o chocante, salvo el azúcar convertido en sal por mis hijos a la hora del café. Y aun así, ese día cambié casualmente de azucarero. Ese día era el 28 de diciembre, Inocentes, una tradición que deberíamos recuperar en vez de perdernos en jalogüinadas de equívoca imitación.