UN PASO HISTÓRICO

La Voz

OPINIÓN

El año nuevo llega en 2002 con moneda nueva, el euro. Nos hemos acostumbrado al nombre, pero somos conscientes de que necesitamos tiempo y esfuerzo para asimilar su uso cotidiano, al igual que más de 300 millones de personas en gran parte de Europa.
Nunca en la Historia ha tenido lugar un acontecimiento semejante. Nunca, por decisión propia, tantos países soberanos, doce para ser precisos, han sido capaces de ponerse de acuerdo para iniciar simultáneamente un cambio que consideran conveniente y que les va a afectar en su vida diaria a todos y cada uno de los individuos que los componen. Nunca tampoco tan amplia superficie del viejo continente europeo ha negociado con la misma moneda.
El Imperio Romano extendió por algunos flancos sus fronteras más allá de las de la Unión Monetaria, pero bajo la primacía del denario convivían distintas monedas, la población era mucho menor y el uso del dinero no alcanzaba a todos los pueblos asentados dentro de sus limes. Tampoco los intentos de Carlomagno en el siglo VIII para imponer el denario de plata y luego la libra, pueden compararse con la revolución monetaria que protagoniza nuestra sociedad; y quedan muy lejos los que no pasaron de intentos, como la unión monetaria latina en el siglo XIX.
A partir de la medianoche del 1 de enero de 2002 el euro se convertirá en la moneda de uso legal común para España y el resto de la Unión Europea. La implantación ha obligado a una operación logística de gran envergadura. Ha sido necesario distribuir 6.500 millones de nuevas monedas, con un peso de 32.000 toneladas, es decir, 32 millones de kilogramos, y 1.675 millones de billetes. Sólo en territorio español. Han hecho más patente tal magnitud los que han calculado que con las monedas repartidas en España en el stock de lanzamiento (hasta el 1 de enero) bastaría para cubrir un campo de fútbol a 20 metros de altura y que con los billetes, puestos uno tras otro, se podría dar la vuelta a la Tierra casi 17 veces. Los cálculos se quedan muy cortos si se tienen en cuenta los totales europeos, ya que en ese caso con los billetes se podría realizar 5 veces el trayecto de la Tierra a la Luna.
A pesar de los grandes números en cuanto a personas, monedas emitidas y monedas retiradas, horas y esfuerzos dedicados a la tarea, todo está bien dispuesto para que comencemos el año con euros en los bolsillos. Pero este momento que consideramos histórico es parte de un proceso que comenzó hace medio siglo y que continuará en el futuro. En 1950 el ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, puso las bases de una futura Europa unida y lo hizo, tal y como lo formuló en la Declaración que lleva su nombre, desde un plano ideal y realista al mismo tiempo: «Europa no se hará de golpe ni en una constitución de conjunto, sino mediante realizaciones concretas», es decir, paso a paso, en logros sucesivos. Y así ha sido, sorteando dificultades, buscando acuerdos entre discrepancias, abriendo la puerta a nuevos socios... hasta llegar a la moneda única que, en nuestro caso, sustituirá después de 133 años a la entrañable peseta. La entrada del euro es el gran triunfo de la armonización europea en el terreno monetario y un paso de gigante en la integración del viejo continente dividido mil veces por la Historia. Las consecuencias más inmediatas tendrán un impacto positivo en nuestra economía: estabilidad del tipo de cambio, que repercutirá en la trasparencia de precios, mayor homogeneización y ampliación de mercados, mayor competencia y, por tanto, ampliación de los horizontes empresariales...
Y, sobre todo, creo indudable que de todos los pasos (las realizaciones concretas a las que se refería Schuman), el que vamos a dar contribuirá como ninguno de los anteriores a la creación de una conciencia europea, a la identificación de los ciudadanos en un proyecto del siglo XXI, que tiene todavía mucho camino por recorrer y muchos escollos que allanar en el futuro.