RAMÓN PERNAS
28 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Cuando concluye el primero de los años del milienio entra la tentación de realizar un balance apresurado y aventurar lo que nos va a deparar el año nuevo. Yo soy de los que cree que las catástrofes naturales son una constante en los lustros y en los siglos. Que la naturaleza hace pirotecnia con los volcanes, desborda ríos y sacude fallas tectónicas con una frecuencia metódica, casi británica. El hombre acentuó y aceleró esos ritmos causando heridas difíciles de cauterizar a la naturaleza, modificando los cauces de los ríos, vertiendo al mar las cloacas industriales y abriendo una brecha en la capa del ozono. El hombre devastó bosques y cambió el clima. En fin, todo esto malgré lui resulta obvio y previsible. Lo que no resulta tan previsible es el odio generado entre los hombres, el dolor y la guerra, la crueldad y la muerte. Ni los mejores augures podían leer en las entrañas de las ocas tanta desolación. Este año ha reunido dos años netamente diferenciados; el primero transcurrió hasta el mes de septiembre, y fue el día 11 cuando comenzó el nuevo año, la nueva era, otra edad que tal vez coincida con la piedra. Hacia las tres de la tarde de ese día, hora Greenwich, se comenzó a reescribir la historia. Todavía es pronto para evaluar las consecuencias, para analizar un enfrentamiento de culturas, para sopesar la dureza extrema del corazón de los hombres. El mapa del dolor tiene desde entonces nuevos límites geográficos. Hay que añadir Nueva York en un martes negro en el que fueron asesinados más de seis mil inocentes. Y poner en el atlas de la guerra a Afganistán y Europa, y buscar por aeropuertos y ciudades del mundo libre al enemigo invisible, a los ejércitos fantasmas del terrorismo asesino. Argentina Mi llanto general es solidario; lloro por todos nosotros, por el hombre, por todos los hombres. Y en estos días de locura compartida no puedo ni quiero olvidarme de Argentina, donde aunque parezca insólito hay hambre en español. Desesperación colectiva en gallego con deje porteño, y pienso en los millares de paisanos que se fueron al otro lado de la mar con un zurrón de esperanza, en busca de la fortuna que la tierra prometida les ofrecía, y que después de una vida de trabajos y esfuerzos van a morir pobres. Otra vez la miseria y la pobreza como azote y destino de un pueblo errante. Hay que pedir castigo para los culpables que tienen nombre y apellido conocido. Este año acaba mal, muy mal. No se ha cerrado ni uno solo de los conflictos con los que se inició y por los cuatro costados del viejo planeta se encienden las hogueras de la guerra. Ya no nos queda ni la memoria de África, del continente del hambre congénita, y mientras se desperezan los tigres asiáticos del desarrollo económico, nosotros en Occidente nos envolvemos en la gigantesca pancarta que proclama un año más paz en la tierra para los hombres de buena voluntad.