EN BUSCA DEL «ASTARLOA» GALLEGO

La Voz

OPINIÓN

ALFONSO DE LA VEGA

28 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Aunque casi siempre los sesudos estudios sobre anti-güedad y pureza de la lengua sean obra de castas sacerdotales que confunden la gramática con alguna lucrativa rama de la teología, y yo no pertenezco a ninguna de ellas, ni vivo de eso, no obstante creo que como simple profano puedo opinar en el sustancioso debate que se nos plantea. A mí me parece que la rama sunnita o internacionalista del galleguismo, la de los llamados lulistas, yerra cuando trata de asimilar el gallego al portugués, lengua contemporánea, mestiza y sospechosa de herejía al fin y al cabo. Tampoco es más adecuado, probablemente, el planteamiento de los chiítas, seguidores del nieto del Meco, mártir por la causa de la fe en el gallego propiamente dicho, es decir, la vía racial y hereditaria de los románticos del siglo XIX. Creo, por el contrario, que la reivindicación de esta lírica y hermosa lengua, aparte de la consuetudinaria de la gente que tiene la osadía de hablarla sin saber de todas estas historias, puede hacerse mejor por la vía iniciada por el cura don Pedro Pablo Astarloa: como es sabido, sostenía la superioridad del vascuence por ser el idioma original de la Península, traído nada menos que por Tubal, tras el proceso de la confusión y dispersión babélica de las lenguas y creado por el mismo Dios, pues, como se deduce de su extraordinaria perfección, «el vascuence es la única lengua digna de ser comunicada por Dios al primer hombre». En efecto, si consiguiésemos demostrar que, cuando todos los animales, incluido el hombre, «recibieron en el mismo acto de la Creación toda la organización necesaria para hablar, bramar, relinchar, etc.», el gallego, (en lugar del vascuence como quería Astarloa), era el habla natural del hombre, justificaríamos de una tacada todo el proceso de normalización lingüística, pues los habitantes de esta querida tierra habrían de hablar gallego con el mismo carácter fatal con que las ovejas balan, los burros rebuznan o las gallinas cloquean. Así, expresarse en otro idioma constituiría no ya sólo un acto de rebeldía política contra el poder establecido por la Xunta y entidades culturales subvencionadas, sino un pecado contra la ley de Dios, una apostasía de la religión y la lengua verdaderas. Claro que Herodoto cuenta la historia de cierto faraón egipcio que para llegar a averiguar cuál fuera la lengua más antigua del mundo encerró a dos niños lejos del contacto humano y los crió hasta que fueran capaces de articular palabras. La primera que llegaron a pronunciar fue la que utilizaban los frigios para designar al pan, por lo que dedujo el astuto faraón que la frigia era la lengua más antigua del mundo. En fin, ya se sabe que el tal Herodoto era algo crédulo y un poco mentiroso, pero, en todo caso, no de los nuestros.