ENRIQUE CURIEL
27 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Inicié las vacaciones de Navidad con una visita de una semana al País Vasco para ver a los amigos. Allí me sorprendió la noticia de la dimisión de Nicolás Redondo Terreros como secretario general del PSE-EE. Sorpresa relativa porque los resultados de las elecciones autonómicas no fueron buenos y el debate resultaba inevitable. El choque buscado con el nacionalismo y el abrazo del oso protagonizado por Mayor Oreja con Redondo fue un desastre para todos: para Euskadi, para Mayor Oreja y para los socialistas. Y ahora viene la resaca. El papel del socialismo vasco, su centralidad, es vital para el futuro de la sociedad vasca. Es el engranaje básico para restaurar la convivencia entre nacionalistas y no nacionalistas. Esa función se perdió, y es preciso recuperarla con urgencia. Pueden ocurrir cosas importantes en los próximos meses y en el mundo de ETA se buscan salidas a su aislamiento y soledad. El papel del PSE no es sencillo ahora, como no lo fue en el pasado. Con asomarse a los textos de la época o al Diario de Sesiones durante la elaboración de la Constitución republicana y de los Estatutos de Cataluña y del País Vasco, se percibe el largo y dramático camino seguido por la sociedad española desde las guerras carlistas hasta la restauración de la democracia en 1977. Las relaciones entre la izquierda y el nacionalismo vasco tuvieron una época tormentosa durante los primeros quince o veinte años del siglo pasado. Correspondió a la época del primer nacionalismo vasco sabiniano, cuando se calificaba a la inmigración obrera como invasión maketa, inspirándose en una tradición ultrarreligiosa y arcaizante desde el punto de vista social. Era una sociedad preindustrial, tradicionalista, excluyente y etnicista, como señala con acierto Juan Pablo Fusi. La izquierda socialista y comunista, reaccionó afirmando su carácter de clase, solidario, igualitarista, democrático y anticlerical. Y, en consecuencia, antinacionalista. Dirigentes e intelectuales como Meabe, Julián Zugazagoitia y Unamumo, atacaban al nacionalismo por su antimaquetismo. Pero existía otra concepción y otro talante desde el socialismo, que se desarrolla lenta y trabajosamente a partir de los años veinte, y cuya cabeza visible fue Indalecio Prieto. El giro que promueve Prieto comienza en 1918 con la crítica de la abolición foral y culmina con el apoyo y aliento al Estatuto vasco de 1936. Durante a longa noite de pedra del franquismo ambos partidos forman el simbólico gobierno vasco en el exilio. Simultáneamente, el PNV moderniza su proyecto abandonando residuos etnicistas al tiempo que apoya decisivamente la transición democrática sin dejar de ser nacionalista. El problema ahora es ETA. Sólo la unidad democrática acabará con esta lacra.