PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS
26 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Si hacemos caso al Gaiteiro de Lugo, felizmente reaparecido, a la numerología y a las pamplinas de las ciencias ocultas, el año que comienza se presenta incierto. De entrada, los dioses han dispuesto que en Galicia, con tantos días seguidos de sol pertinaz, no podamos beneficiarnos del adagio «año de nieves, año de bienes». Esto parece Tenerife, eso sí, a cero grados. De otra parte, el nuevo año es capicúa. Y con ello, la cosa se complica. No se olvide que capicúa viene del catalán cap (cabeza) y cúa (cola), y ya se sabe que nuestros vecinos del nordeste no son muy dados al desprendimiento con los demás. Si se añade que la palabreja indica que el año comienza igual que terminará, ya me indicarán ustedes en dónde queda nuestra esperanza de mejoramiento. Pero la cosa es aún peor si atendemos al diccionario, pues su definición, leída en términos políticos, es por completo decepcionante: un año capicúa quiere decir, en lenguaje común, que será igual leído de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Lo horrible es que esto ya lo sabíamos, sin necesidad de tanta numerología. Y el Gaiteiro de Lugo, también.